domingo, 14 de junio de 2009

Madrigal

Aclimo el lugar para la tristeza

Guitarra cancionero

Poemas de Guillén

Lápiz en mano

Escapo de mi piel

Disparo contra la hoja en blanco

(antes fumé, claro)

La mirada intenta ver qué se esconde

Tras el gimo de la madrugada

Intersticio de luz en el pálido mediodía

De la vida cotidiana

Un son se escapa de mis manos

Dice que no soy digno

Para sus tonos mulatos

Dice que no soy digno

Hermano

Para sus versos cubanos

viernes, 5 de junio de 2009

Tratado sobre por qué no le ponemos manteca al lado duro del pan.

Entonces volvió el Padre del hombre y le dijo:

—No subirás por la parte trasera del ómnibus. No leerás los libros desde atrás. No le pondrás mayonesa al guiso (ese será quizás el peor de los pecados). No tomarás mate frío, si eres del Río de la Plata, caso contrario será en Paraguay. En el siglo XXI no valorarás en nada el espíritu. No guardarás las lapiceras usadas. No le pondrás manteca al lado duro del pan. Y nunca guardarás boca abajo el dentífrico. No caminarás dos cuadras hasta la casa de nadie: usarás el teléfono, mejor si es celular. No entenderás nada de esto; pero de todas formas lo cumplirás.

martes, 2 de junio de 2009

Palomita blanca

Mi divorcio me había dejado en la calle. Pero a quién más que a mí le puede interesar el dilema de una mujer que te amó y por eso ahora se queda con absolutamente todo. Esto no es paradojal, sólo siniestro. Ya en la calle hubo horas extras para un nuevo y deshabitado lugar. A veces la odio y a veces me odio también porque me debo interesar por todo eso. Sólo esa mierda idea de seguir con vida te obliga a buscar refugio, a creer que formás parte de esa masa espesa que es la sociedad. Ese manojo de imbéciles que se ponen nerviosos en la cancha como si ellos mismos hicieran algún esfuerzo o les late el corazón más fuerte y se les forma un inadmisible nudo en la garganta cuando el protagonista de alguna célebremente idiota película realiza la jugada de su vida, conquista a la mujer de sus sueños o logra escapar de una absurda balacera. Ese montón de inertes que nunca realizarán la jugada, nunca besarán ni en sueños a la muchacha y mucho menos serán héroes de absolutamente nada, no deben ser ejemplos de mi vida. Porque es así la idéntica celada para todos aunque nadie se dé por enterado de ello. Pero definitivamente a quién le puede interesar si todo esto nos deja conformes como una especie de gloriosa masturbación mental.

Ahora camino lento y observo la danza de hojas de plátano mezcladas con bolsas y papeles que se persiguen, trasladando la mugre de las calles y amontonándola en el recoveco de algún edificio. Quizás ese juego circular y sucio me hizo pensar todo aquello mientras me dirigía, como hace ya varios días, a mi puesto de disimulado observador.

Todas las tardes se sienta a la orilla de la plaza. Desde ahí atisba cabizbajo y pensativo las pequeñas palomas que, día a día, intenta conquistar. Casi con inusitada paciencia está quieto a la espera de su cercanía a la que, hábilmente, parece indiferente. Ha elegido la plaza en días de paseo, de desasosiego inútil y meticuloso. Ha elegido, por la cercanía de la plaza, ese barrio en el cual pasa sus días solo. Ha reptado hacia su soledad después de una vida de compañía fiel. Esa misma que ahora aborrece no porque fue obligado a cambiar de hábitos, sino porque suponía ciertas facilidades que hoy no tiene. Seguramente pronto estuvo acomodado en una casa modesta y simpática, sin escaleras que pudieran asustar a posibles visitantes. Conoce, desde siempre tal vez, los recónditos intersticios del alma humana. Quizás haya sido empleado, de joven, en una fábrica, vendedor ambulante u oscuro oficinista y quizás haya terminado sus días, por algún lejano azar, como portero de una escuela cualquiera, en otro tiempo, en otro barrio. Por eso es metódico, rutinario. Ha aceptado tácitamente el destino de cualquier alma, incluso la suya. Sabe que nada puede hacer más que sobreponerse y aceptar lo que es y lo que debe ser y por eso todas las tardes se sienta en un banco de la plaza como cualquier anciano lo haría, los bolsillos disimuladamente llenos.

Muchas veces he creído que los más oscuros deseos se elucubran a la luz del día y haberme topado esa tarde con la más encendida verdad parte sólo del hecho de recelar profundamente de las buenas intenciones de un viejo. Este, estoy seguro, no escapa a tal verdad. Todo se trata de imaginar y esperar. Sin embargo no puedo disponer de todos mis días, apenas he logrado escabullirme en su secreto por casualidad. Lo observo, lo he venido haciendo desde hace mucho tiempo. Debo, eso sí, estar seguro que no sabe de mi existencia, de lo contrario nada de esto tendría real sustento, ni muchos menos importancia para nadie. Pero he visto su encorvada figura ser algo unánime con la plaza y se me movilizan las vísceras de sólo pensar; una mezcla de nervios, rabia y odio a punto de estallar. Pero mi virtud también será la paciencia. Más allá de cualquier tiempo que, estoy seguro, no será excesivo, aunque poco importe esto para él pues el tiempo de los viejos es una argamasa informe que no coagula sino hasta la hora final.

Su ofídica estrategia sin dudas es eficaz. Él y la plaza siendo uno solo frente a la escuela. Disimula su mirada entre el espacio que dejan las túnicas blancas que pasan frente a él rumbo a otro lugar. Espera. Ya hace mucho que sabe esperar. Ninguna demora es interminable. Tengo para mí que disfruta el recuerdo acostado despierto en las largas noches de soledad y sus asquerosas manos bajan, si es que aún puede hacerlo, a ensuciar las sábanas que él mismo deberá limpiar. Pero hoy ha elegido una presa y un lento movimiento le propone algo sobre su mano, la chiquita se acerca y lo toma. Él le dice poco o casi nada y ella se aleja. Seguramente tiene algo de monstruo agazapado, un rictus, un brillo en la mirada, eso se presiente, incluso desde lejos.

Ahora lo dejaré marchar, permitiré que disfrute del roce de la primer batalla, caminando persuasivo con un andar que parece arrastrar toda la vileza humana. Claro que esto no durará mucho, yo lo sé y creo que, íntimamente, él también lo sabe o lo desea.

Pero para aclarar algo mi apasionada lucha debo referir una historia que me confesó una amiga, hace muchos años. Será, por un lado, una forma de exorcizar el recuerdo que me parece ha quedado demasiado vívido en mí y será también, por otro, la posible justificación de lo que, estoy seguro, no dejaré de hacer.

No recuerdo por qué me contó aquello, tal vez para llorarlo con alguien o para sentir que podían comprenderla, sin ánimo de denunciar lo que había sido disimulado por las más sórdidas excusas durante tantos años. Tampoco recuerdo muchos datos precisos, pero a pesar de ello esta será la realidad pues, después de todo, es la que permanece en mi memoria.

Recuerdo que me contó que había ido a pasar la primera noche, y la última, en casa de sus primos, tan pequeños como ella. Recuerdo comentarios acerca del desconocimiento absoluto de cualquier peligro y que la sola idea de la aventura grababa todas las imágenes en su memoria. No quería hablar de recuerdos porque lo que sucedió era casi irrepetible y mencionó, de eso estoy seguro, que a pesar de sus años nunca había sido feliz.

Esa noche, luego de irse todos a la cama, una mano fría y sudorosa se había metido entre sus sábanas y rozaba unos muslos que no podían despertar el deseo de ningún tipo de persona o, al menos ahora, eso quería creer. Recordó, entiendo que este verbo es falaz para algo que no ha podido olvidarse nunca, que el pánico dominaba sus sentidos y que lo único que logró hacer fue pedirle a alguien en su mente que llegara la mañana y que todo acabara. Fue entonces que me describió lo que, por ser lo más comprensible, es más atroz, comenzó a contar segundos, minutos, volvió a ver las mismas horas detenidas y, algo que aún la despertaba en las noches, la hacía pensar en números, -uno, dos, tres, cuatro, cinco… sesenta, un minuto, uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis… sesenta, dos minutos…

Hace años que no sé absolutamente nada de ella pero supongo que, en algunas ocasiones, una vida no es tan larga como para olvidar si, muchos años después, ni siquiera yo lo he olvidado.

¿Qué deseos alienta aquel que nada ha tenido? Aquel que comprende que todo esfuerzo, toda bondad, toda buena intención es sólo tiempo perdido. Tal vez motive a más esa espantosa seguridad de tierra húmeda removida algún día cualquiera para que los gusanos laboriosos se encarguen de nuestros miserables restos. De esas ansias de juventud perdida, de frescos racimos (recuerdo). Ese desprecio total por la raza alentado por la sola contemplación de la historia. Esa lástima por la idiotez humana que no merece un ápice de consentimiento. Un odio visceral que se traduce en dominación, en posesión, en afrenta, la más odiada, la que más duele cuando, en pocas ocasiones, nos enteramos de ella.

Quizás por esto pueda llegar a entender a este viejo, eso sí, sin afirmar que lo he hecho, o siquiera pensando, jamás y sin concebir que tampoco está solo, sentado en ese banco de plaza con las bolsillos llenos de caramelos.

Los días pasan. He logrado acomodar un poco mis horarios a fin de continuar la observación. He encontrado un lugar más favorable en una vereda, lejos de la plaza. Aguzo mi vista y sin más no me pierdo detalle. Aunque entienda que no todo ha pasado tan rápido así parece. La niña ya se acerca con naturalidad a cada salida y él le habla como lo haría cualquier anciano o, al menos, eso quiere hacer notar. Si no me equivoco ya habrá averiguado mucho y ella tiene claro que los pequeños caramelos, nunca chupetines, serán de ella mientras no entere a nadie más. Tal vez él, en esas pequeñas migajas de tiempo, ha logrado saber mucho de lo que necesita para atreverse a avanzar. Una veloz rabia recorre mi cuerpo, agita el corazón, crispa las manos pero hay que saber esperar. Soy un hombre abandonado, ahora un solitario. Hay que saber esperar.

He seguido con la vista, entre el tumulto blanco y azul, el rumbo de la niña en cada salida, después que se ha despedido de sus últimas compañeras. De seguro él no lo hace puesto que necesita y sabe disimular mucho mejor.

Hoy es el día, el viejo no ha venido a ocupar su lugar. Es imposible para mí pensar en otra posibilidad. Sólo tengo que esperar, que observar.

Es la salida, sé muy bien por qué me late el corazón más de lo que ya me he acostumbrado a soportar. Su presencia me invade, me hostiga su imagen siniestra contra el banco como una estatua que ya empieza a quedar verde bajo un manto de musgo y mierda de aves. Previsiblemente la niña se pierde entre la multitud y toma otro rumbo. Yo logro seguirla de lejos con la mirada.

Las piernitas descarnadas y blancas, camina tranquila, casi diría que confiada y, sin más, golpea la puerta cuyo número, cuyas señas, él ha introducido en su memoria. Sé que ahora me debo ocultar pero cuando la puerta se abre sólo atino a darme vuelta y caminar en otra dirección. Si estuvo observando por la ventana, si esperaba con lúbrico regocijo pudo haberme visto venir. Pero no, la puerta se ha abierto y seguramente ella ha entrado despacio, a mis espaldas.

Esto no es una venganza pues de tomarlo así debía haber vivido para vengar cada uno de los actos que ejecuta el hombre cada día. Esto es una prueba, una evidencia de que siempre estaremos por debajo de alguien. Tampoco será una reconciliación con aquello que conté antes y aún me hostiga como si fuera yo la mano fría. Hasta aquí su victoria. Porque hace tiempo que sé dónde me habré de ocultar. Hace tiempo que sé que lo dejaré hacer, que serán una eternidad los quince o veinte minutos, no más, que se tomará para hacer. Hace tiempo que sé que me llegaré hasta su puerta lo más rápido posible después que ella se marche y golpearé una vez para que abra confiado en un olvido, con el pantalón abultado aún, sabiendo que es peligroso pero gozando un último roce ejecutado por sus rancias manos de viejo. Hace tiempo que sé todo lo que haré con él cuando recobre el sentido, cuando se recupere del primer susto y del primer golpe, cuando me pida la compasión que nadie se merece, hasta que ya no pueda decir una palabra, hasta que no quede un hueso que sostenga el aborrecible cuerpo, hasta que no exista nadie más y pueda volver a ser sólo yo en esa plaza.

viernes, 29 de mayo de 2009

ESCRIBIDORES VIRTUALES Y VIRTUALES ESCRITORES

A Dani y VB que me incitaron a pensar en todo esto.

Esta es una respuesta que publico aparte pues me he detenido a reflexionar sobre más de un aspecto a partir de las respuestas de ambas que agradezco profundamente.

Empezaré por el problema de las publicaciones en Internet, tema harto hablado, criticado y tratado fuera del círculo de los “escritores virtuales” pero del cual no he oído mención por estos mares.

Creo profundamente en la literatura, tanto es así que he decido mi vida a partir de ella y no al revés, creo también que nada mejor puede hacer alguien que sentarse a leer o escribir (sé que también hay algunas otras cosas buenas), pero últimamente me ha agobiado un poco el grado al que ha llegado la “literatura” por estos lugares. Le llamo literatura, entre comillas, porque al fin y al cabo no tengo otra palabra para eso que hacen cientos, miles, millones de personas que cuelgan sus poemas, cuentos y todo lo que se le parezca.

Vayamos por partes, primeramente es exasperante la cantidad de poetas que hay nadando, ahogándose diría yo en estos mares. Es fácil, muy fácil si uno se pone a pensar por qué hay tantos “poetas”. Creo que es una cuestión de sencillez, de facilidad con la que uno puede rimar dos o tres versos y creer que escribió un poema. Ya el cuento tiene otras exigencias que no todo el mundo se anima a cumplir, aunque más de uno se atreve y el teatro ¿se preguntaron por qué nadie escribe obras u obritas de teatro y las cuelga en sus blogs o (no desconozco algunos buenos ejemplos, por supuesto), por qué es mucho menor la cantidad de dramaturgos que de poetas y narradores? Creo que la respuesta en sencilla: la mera dificultad que implica escribir una obra por pequeña y modesta que sea. Pregúntenle a cualquier escribidor (sí, dije escribidor) de internet cuántos poemas ha escrito y seguramente, si es humilde, dirá que alguno y luego pregúntenle cuántas obras de teatro ha intentado escribir y no se hará esperar la respuesta. Estoy de acuerdo, junto con algunos compañeros de generación, que un escritor debe ensayar de todo, debe practicar la escritura redactando todas las formas que conozca, así como el jugador de fútbol profesional ensaya jugadas y está listo para vestir la camiseta de arquero si lo debe hacer, así el escritor debe saber o haber intentado al menos muchas formas para que, cuando las necesite, no le parezcan lejanas o inadmisibles. Tengo entendido que quien pintó los frescos de la capilla Sixtina no era, en ese momento, experto en ese arte y sin embargo, supo, un poco forzado, cómo hacerlo puesto que lo había practicado; Miguel Ángel era escultor y sin embargo…

Otra cosa recuerdo y es la mención a la escritura o, al hecho de escribir mucho, como algo necesario. Claro que sí, y en esto no me contradigo, hay que hacerlo pero no hay que publicar todo lo que se escribe, hay que saber tamizar, separar el trigo de la paja y créanme hay mucha paja en internet. “Uno no llega a ser quien es por lo que escribe sino por lo que lee”, dice Borges, quién se cree mucho porque ha escrito mucho tal vez no sea nada. ¿Conocen ustedes a Juan Rulfo?, eso es un ejemplo. Así como “los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los hombres”, la invención de la imprenta (sic; mi mala memoria sin duda hará descender el nivel literario de esta otra cita de Borges) multiplicó hasta el vértigo libros innecesarios, así ahora internet lleva al más alto nivel tal multiplicación, ahora de hombres y de letras o de hombres que creen ser hombres de letras. Alguien podrá decirme que no tengo por qué leer lo que considero malo pero justamente para saber si es malo o no tengo que hacerlo y la pérdida de tiempo es mayúscula, claro que después que leo a tal o cual poeta virtual y no encuentro nada ya no volveré a su página.

Termino esto señalado que es posible, de hecho en mi página hay una lista de blogs que considero realmente buenos o con una chispa que puede ser fuego, pero es porque en ellos encuentro escritores que se preocupan por serlo y respetan su labor y se respetan a sí mismos no exponiéndose a las burlas de algún crítico incisivo (bastante falta nos hace), que, vagabundeando por la virtualidad, enseñe entre otras cosas a separar aquellas pajas de este trigo.

Continúa en el próximo artículo.

lunes, 11 de mayo de 2009

Último segundo frente al río

Miro el arco brillante que dibuja la moneda que arrojé al río. Era la última en mis bolsillos. El arco es perfecto y en cada vuelta el sol rebota en su superficie pulida. La golpeé con el pulgar, como a una bolita. No recuerdo a mis amigos. No recuerdo sus caras cuando jugábamos en la vereda de tierra. Sólo recuerdo que éramos amigos porque no se podía ser otra cosa y no había otros. Antes los amigos eran los que el barrio te elegía. Pensé también que a mis años hacía mucho que había dejado de verlos. Casi todos se fueron haciendo otros, alejándose, algunos emigraron y uno murió; quizás esa fue su única forma de alejarse. Miro la moneda mientras asciende al cielo. La última. Cuando caiga no habrá vuelta atrás y habré quedado solo, porque ya no hablaré el lenguaje que todo el mundo habla. Y mientras la moneda toca por un segundo ese pedazo celeste de cielo, las imágenes se amontonan en mi cabeza, tantas en tan poco tiempo. No sé cómo llegué hasta aquí, hasta este borde encaramado del río. Tampoco importa. El arco brillante empieza su descenso. Ella está ahí todavía. Pierdo la noción de tiempo dentro del segundo que tarda la moneda en caer al agua. Y ya soy nadie porque no tengo otra como esa, ni voy a tenerla en mucho tiempo o tal vez nunca. Si todo se resume en eso no sé si vale la pena seguir viviendo. Ser nadie para nadie. Ser un pedazo de carne. Ocupar un espacio y un tiempo. ¿Qué me cuesta seguir el rumbo de la moneda y perderme en el agua? Quizás el sol también me alumbre un momento en mi salto y me sienta tibio.
La moneda cae y se incrusta en el agua como una flecha. No hace ruido y el río sigue corriendo. Yo no soy una moneda. Miro el reflejo del sol en la superficie y me decido. No soy la moneda. Ahora, sin ella, soy otro. Retrocedo y me pierdo entre el camino que lleva al borde del río.

jueves, 30 de abril de 2009

NO HAY NINGUNA ESPERANZA – Idea Vilariño, (Montevideo 1920 – 2009)


No hay ninguna esperanza
de que todo se arregle
de que ceda el dolor
y el mundo se organice.
No hay que confiar en que
la vida ordene sus
caóticas instancias
sus ademanes ciegos.
No habrá un final feliz
ni un beso interminable
absorto y entregado
que preludie otros días.
Tampoco habrá una fresca
mañana perfumada
de joven primavera
para empezar alegres.
Más bien todo el dolor
invadirá de nuevo
y no habrá cosa libre
de su mácula dura.
Habrá que continuar
que seguir respirando
que soportar la luz
y maldecir el sueño
que cocinar sin fe
fornicar sin pasión
masticar sin desgano
para siempre sin lágrimas.

Borges, al hablar de la poesía, recuerda una “definición platónica”: “esa cosa alada, liviana y sagrada”, nada mejor para empezar mi pobre consideración. Pero entiendo que no debo dejar pasar este momento. Es una forma de homenaje a quien marcó caminos a quien recorrió de forma magistral, en el amplio sentido del término, este camino de letras que la une a tantos, incluso a un poeta menor de antología como yo.
No quise recorrer ninguna de las muchas críticas al respecto de su obra para rendirle mi homenaje a esta mujer que, imposible decir otra cosa, es sacrílego desconocer.
Así que estas líneas serán eso, una impresión y un homenaje a quien, muchas veces parece dueña indiscutida de la noche y del dolor del recuerdo. Ese recuerdo que se trasforma en palabras, que sostienen una contemplación otra de la existencia que se parece al vacío:

Entonces soy los pinos[1]
soy la arena caliente
soy una brisa suave
un pájaro liviano delirando en el aire
o soy la mar golpeando de noche
soy la noche.
Entonces no soy nadie.

Personalmente rescato el trabajo minucioso y delicado, tarea de artífice ejemplar de la palabra. En estos tiempos que cualquiera (también hago mea culpa) “sube” “poemas” y se cree poeta. La obra de Idea no sólo no es extensa sino que además es un diamante pulido hasta la perfección.
La poesía de Idea es como un tesoro que disfrutamos más si nos lo revelamos en la intimidad de la soledad, en el delirio placentero del recuerdo y la confirmación del abandono:
Uno siempre está solo
pero
a veces
está más solo.[2]

Pero también se comprende, aviva la noche en la que es doble el silencio[3], porque la conciencia de lo precario del amor lo eleva:
Sabés
dijiste
nunca
nunca fui tan feliz como esta noche.
Nunca. Y me lo dijiste
en el mismo momento
en que yo decidía no decirte
sabés
seguramente me engaño
pero creo
pero esta noche me parece
la noche más hermosa de mi vida.

Existe también una sutil ironía que, quizás por lo sutil o su carácter de verdad que no nos gusta asumir, no se reconoce (recuerdo mis lecturas críticas que, confieso, no he repasado puedo, pues, equivocarme). Ironía emparentada con el concepto de amor; recuerdo aquí cualquiera de “Los amantes” de René Magritte o un Julio Cortázar en el poema homónimo diciendo:
¿Quién los ve andar por la ciudad
si todos están ciegos?
………………………….
Son los amantes, su isla flota a la deriva
hacia muertes de césped, hacia puertos
que se abren entre sábanas.
…………………………
Amanece en los carros de basura,
empiezan a salir los ciegos,
el ministerio abre sus puertas.
Los amantes rendidos se miran y se tocan
una vez más antes de oler el día

Ya están vestidos, ya se van por la calle.
Y es sólo entonces
cuando están muertos, cuando están vestidos,
que la ciudad los recupera hipócrita
y les impone los deberes cotidianos.[4]

Así también dirá Idea:
Es otra
acaso es otra
la que va recobrando
su pelo su vestido su manera
la que ahora retoma
su vertical
su peso
y después de sesiones lujuriosas y tiernas
se sale por la puerta entera y pura
y no busca saber
no necesita
y no quiere saber
nada de nadie.[5]

No diré mucho más porque sería extenderme demasiado. Creo que son mucho más válidas las citas que mis palabras pero el sólo trabajo de selección supone una postura, además de ser un humilde homenaje y, tales cosas, ya me dan satisfacción.

[1] “Entonces soy los pinos” en En lo más implacable de la noche, Antología Personal, Ed. Colihue.
[2] “Uno siempre está solo” (Op. Cit.)
[3] Rafael Fernández en Las formas del olvido, Ed. Artefato
[4] Julio Cortázar, Algunos pameos y otros prosemas, Ed. Plaza Janés.
[5] “Después”, (Op. Cit)

martes, 21 de abril de 2009

Posibles Haikus

Un ruiseñor
En una jaula olvidada
Vive muriendo.

Vive muriendo
Mi corazón
Encerrado en tu mirada

Así se muere
la llama de la razón
entre el amor


El árbol sabe
Que el hacha no es culpable
De su caída.

El tiempo mella
Con cada golpe al hacha;
Suena la muerte.

La mano apresa
Con firmeza el destino;
Tiempo y caída.

Todas las muertes
Detienen un instante
La eternidad.

A media noche,
En procesión de muerte,
Tu piel anhelo.

Serás deseo
Que corre por mis sábanas
Hasta ser mía.

Tu andar opaca
Mi saber ceniciento;
Eres poesía.

No será fácil
Ver tus miradas
Tras esa luna.

Eres la luna.
El mar entero obedece
Tus pretensiones.