sábado, 12 de junio de 2010

(Cadáver exquisito con Rafael Fernández)

Y regresar para ser otro
otro escombro, otra ceniza
volver para ser piedra, arcilla
mirar el espejo y ver cien rostros
el mismo número de puertos
angustiados en la amarillenta luz
de esta ciudad
llaves y candados en cópula
un semáforo siempre en verde
dándole paso a la noche
y la noche gritando adiós
a oscuras manos.

lunes, 7 de junio de 2010

Raymond Carver, una filosofía de la derrota

“Sólo los perdedores tienen algo que decirnos. ¿Qué pueden contar los ganadores? ¿Ganadores de qué?”
Joaquín Leguina en: Perdonen la tristeza

“El poeta es figura heroica propia de todas las épocas, que todas poseen, que pueden producir, ayer como hoy, que surgirá cuando plazca a la naturaleza. Si la Naturaleza
produce un Alma Heroica siempre podrá revestir la forma de Poeta”

Tomas Carlyle en: De los héroes

Carlyle expresa: “...el Gran Hombre es rayo celeste, que los demás lo esperan como combustible, llameando a su contacto”, esta es una filosofía del héroe, de aquel que es luz entre la oscuridad de los suyos y en Carver sucede exactamente lo opuesto. No hay Grandes Hombres, no hay ningún rayo celeste, ni esperanza de tal, por tanto no arderá ninguna llama. La llama estará extinta desde el momento en que dejemos de ser “originales” en el sentido de auténticos, en que dejemos de ser lo que somos, lo que debemos ser por naturaleza o, mejor, lo que se nos antoje ser, sin más mediación que nuestros propios intereses y talentos.
Tomaré un ejemplo del cuento “El padre”, del libro: ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? En este la importancia de la imagen, de la perfección exterior nos lleva a puntos tales que, en ocasiones, intentamos reproducir modelos totalmente alejados de la realidad, de nuestra realidad y eso, de seguro, no trae buenas consecuencias sino que por el contrario, genera un cúmulo de frustración y desasosiego que deriva en psicosis, neurosis o fobias de tales magnitudes como toda una gran ciudad. Veo con horror la réplica circense que supone una metrópolis como lo es, por ejemplo, Buenos Aires, el fervoroso Buenos Aires de Borges, que intenta las modas europeas o norteamericanas, infinitamente más agraciadas. Esa pseudo-Holywood sudamericana es el símbolo de la decadencia de nuestros pueblos. Lejos de ser un Palacio de Cristal, es un escenario de siliconas. Un borbollón de ideas viene a mi mente, “Tú, hipócrita que te muestras,// humilde ante el extranjero, pero te vuelves soberbio,// con tus hermanos del pueblo...” (Maldición de Malinche), el ocaso del imperio romano y de todo gran imperio que quiso ir más lejos que sus columnas hercúleas, incluso la magistral e ilustrativa novela de Huxley, en donde el “mundo feliz” supone desamor, frialdad y constante recurrencia a estimulantes externos, el “somma”, v. gr. En esa novela se nos relata la historia, la futura historia, del hombre esclavizado por el propio hombre y sin ninguna posibilidad de elección. Uno de los principales temas de esta novela, que, a pesar de enmarcarse dentro de lo que se denomina ciencia ficción, cuenta con un gran poder de persuasión (el término intenta acercarse a la acepción que propone Vargas Llosa). Uno de los principales temas, decíamos, es el de la pérdida del libre albedrío y del arbitrio como una forma más de sometimiento del hombre por el hombre mismo. A través de esto se llega inevitablemente, al no-sentido de la vida o la existencia. La pérdida de la razón de existir, y la imposibilidad de una “felicidad total” y continua. En la actualidad, además del somma, se recurre a los excesos, al efímero estimulante de la fama, “la gloria que es estrépito y ceniza” (Borges), aunque esta dure “treinta segundos” pero justifica toda una vida. Si bien es cierto que ya no hay héroes a la manera de Homero tampoco los hay ni siquiera a la manera de un Raskolnikov que, por lo menos, tomó conciencia de sus actos. Diríamos que cualquier similitud de lo dicho con Carver no es mera coincidencia y tampoco lo es con respecto a nuestra realidad
Emerson expresa que la imbecilidad de los hombres invita constantemente a los abusos del poder. ¿Qué más decir a esta respecto? No creo encontrar palabras más claras que definan una y otra parte en este gran teatro del mundo que fotografía Carver, que criticamos pocos y que perjudica a todos.
Francisco J. Rodríguez Criado en El realismo pesimista de Raymond Carver expresa que los personajes de este son “seres solitarios que van hacia la deriva y que no tienen otra cosa que hacer sino mirar la televisión”. Bradbury en “El peatón”, sitúa esta realidad en el futuro. Nosotros somos ahora el presente de aquel terrible futuro que vaticinó y quizás avergonzó al coterráneo de Carver, sólo faltaría que los bomberos se dedicaran a incendiar las bibliotecas.
Confieso que, como Emerson, creo en la posibilidad de que aparezca cada tanto un verdadero genio, que nos emancipe y nos abra los ojos obnubilados de pantallas y tras el cual “el rico se daría cuenta de sus errores y de su pobreza y el pobre de sus remedios y de sus recursos”. ¿Subyace tras la literatura Carveriana esta posibilidad? Yo creo que sí pues él mismo se configura como ese genio, ese gran hombre que encontró la veta, el error y abrió la herida para escapar a través de ella. Esa posibilidad se vislumbra, se fundamenta en el mero hecho de escribir, de mostrar esa llaga que habrá que curar a fuerza no de aplicarle compresas y pasarle caritativamente la mano sino de ensancharla, de pasar a través de ella aunque sea harto doloroso y destruirla desde adentro, porque sólo así se pasa de un estadio a otro; “torcerle el cuello al cisne” es matarlo sin piedad no dejarlo moribundo.
Las referencias a los personajes de Carver son concretas. No hay mayores descripciones grafopéyicas, pero sí su etopeya está delimitada. La mayoría son alcohólicos o dependen del alcohol para sobrellevar su cotidianeidad impregnada de sucia derrota; así en el cuento “¿Por qué no bailáis?”, este elemento supone la inaugural referencia del primer cuento del libro, y esto no es arbitrario. También en el mismo cuento se aprecian los valores imperantes. Por un lado, la pareja que se acerca a preguntar los precios de las cosas expuestas se fija en aquellos elementos “indispensables” para su vida juntos, la cama, y, por supuesto, cómo olvidarse del televisor. Dejando de lado las cuestiones que llevan al hombre a vender, rematar o regalar todo atengámonos al pensamiento de los jóvenes, estos entienden que pueden e incluso deben abusar de aquel que está desesperado: “—Pidan lo que pidan, ofrece diez dólares menos. Siempre es bueno —aconsejó ella—. Además, deben de estar desesperados o algo así.” Es esta la forma de sobrellevar la vida, de avanzar, la forma de ser. Hay que aprovecharse de los demás, sacarle provecho al infortunio de otros.
Por otro lado también se cuela el tema de la traición, las tentaciones casi a pedir de boca. Arthur Schopenhauer, en una obra notable como lo es El amor, las mujeres y la muerte, argumenta que el hombre es infiel por naturaleza, movido por el objetivo de continuar la especie y rechaza la configuración social en la que se convence al hombre de que esto no está bien pues de esa conjunción resultan los conflictos morales. En “Belvedere” se nos reseña al engaño como algo normal, pero de todas formas conflictivo: “Me pongo de rodillas y empiezo a suplicar. Pero estoy pensando en Juanita. Es horrible. No sé lo que va a ser de mí, o de quien sea en este mundo”, aunque este engaño causa una angustia esta es desplazada hacia el mundo. Es decir, los personajes no se sienten culpables, sienten que el mundo es así y obviamente no encuentran la solución, no piensan que la solución empieza por ellos mismos. Al no sentirse responsables o con el mínimo poder de cambiar las cosas los personajes se frustran y se sientan inútiles, vacíos. Pasan a ser intrascendentes. Esto incluso se refleja en algunos títulos que van más allá de lo meramente simbólico, es decir, son también intrascendentes, como el accionar de los personajes que no tienen nada que hacer o decir como en “Una cosa más”. Realmente están vacíos, son “Bolsas” vacías y olvidadas.
La filosofía de la derrota de Carver puede ser revertida pero sólo mediante la percepción de una posibilidad alternativa, de la aceptación de esa herida que es necesario traspasar. La transformación de los “personajes” que integran este teatro del mundo en seres humanos que miren como tales a los demás.



Biografía


Raymond Carver: poeta y autor de relatos, norteamericano. Nació en Clatskanie (Oregón), en 1939, en el seno de una familia marcada por el alcoholismo y la inestabilidad laboral. A los 21 años tenía ya dos hijos y se ganaba la vida con trabajos efímeros en gasolineras o almacenes mientras iba estudiando a salto de mata. Su infancia de clase trabajadora y las dificultades de su vida adulta, a menudo relacionadas con un alcoholismo que le llevó al borde de la muerte, aparecen continuamente en su obra, construida con un estilo simple, casi lacónico, profundo y absorbente. Cuando murió estaba ya considerado un maestro del cuento en lengua inglesa.
En un artículo titulado “Prosa sobre Poetry” nos describe cómo fue su, quizás, más significativa aproximación al mundo literario, las revistas y autores de altura que cualquier novel escritor desea siempre igualar. Él era un adolescente con responsabilidades de adulto pero la revista y un libro puesto en sus manos por parte de un anciano le mostrarán otro sendero a través del cual, años más tarde, transitará hacia un envidiable destino de escritor.
Antes de su primer libro de relatos, Ponte en mi lugar (1974), Carver ya había publicado cuentos y poemas en revistas como New Yorker o la ya mentada Poetry. Después vendrían los volúmenes de prosa breve ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, De qué hablamos cuando hablamos de amor y Catedral, publicados entre 1976 y 1983, y varios libros de poemas recogidos en antologías como Bajo una luz marina. Resulta difícil establecer una diferencia sustancial entre la obra poética y narrativa de Carver. Ambas se ocupan de las pequeñas tragedias de la América anónima, de vidas corrientes que zozobran por motivos aparentemente banales, de sueños perdidos y relaciones fracasadas. Toda su producción está recorrida por una tensión contenida, por el peligro de lo latente, horrores que se muestran en su forma más cotidiana y, muchas veces, con un sentido del humor cáustico. En este sentido podemos decir que fue Chéjov la referencia más notable en su obra.
En 1988 publicó Tres rosas amarillas, una colección de cuentos que perfeccionan su propio universo literario y, ya de forma póstuma, el poemario Un sendero nuevo a la cascada, testimonio, estremecedor y tierno al tiempo, de sus últimos meses. Se ha relacionado muchas veces a Carver con la corriente minimalista de la literatura estadounidense, al lado de autores como Richard Ford o Tobias Wolff, con los que tuvo una buena amistad, si bien siempre rechazó las etiquetas colectivas. Robert Altman adaptó en 1994 varios de sus relatos en la película Vidas cruzadas.

sábado, 10 de abril de 2010

Echar raíces

La silla tiene la forma del pescador que no ha vuelto a ocuparla. Sentada frente al Uruguay rojizo y blando siente la falta del hombre que no ha vuelto. Mira el Uruguay y ve los peces a la espera del hombre. Ve el agua impaciente por el aguijón de la plomada y la arteria que llevaba la certeza del mordisco hondo en la lombriz. La silla se mantiene firme en su agrietada paciencia frente al río Uruguay que espera al hombre que enlazaba la luna con el humo blanco del cigarro. El hombre pobre y pescador que no ha vuelto.

sábado, 3 de abril de 2010

Novalis, una interpretación de la noche (Himnos a la noche)



Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras:
los astros y los hombres vuelven cíclicamente
los átomos fatales repetirán la urgente
Afrodita de oro, los tebanos, las ágoras.

Jorge Luis Borges
“La noche cíclica”

Imaginemos a un hombre que llora sobre una tumba. Esa tumba es la de su amada. Atrás, el cielo es el mismo cielo que puede alumbrar u oscurecer esta misma tarde o una tarde nórdica de 1797. Imaginemos ahora que ese hombre no llega a los treinta años y ya desea estar muerto. Ya no le es propicio el día, como lo fue para Dios en el Génesis. Ya no hay división entre lo bueno y lo malo. Todo es sombra. La noche puede ser la metáfora del ocaso de los años, en tal caso debe ser elogiada. Pero si la noche oscurece el alma de un poeta joven, entonces, la noche es divina.
Tal el caso de Georg Friedrich Philipp Freiherr von Hardenberg (Novalis), cuyos himnos son una vindicación de la noche. Una prédica poética, alada y divina, al decir de Platón.
Sus himnos parecen entroncarse con una tradición cristina, pues se abren con un canto a la luz:

Decidme, ¿qué ser vivo
de sentidos despiertos
no elige ante el espacio que lo envuelve,
entre toda apariencia,
la luz con sus colores…

Esa preferencia por la luz, ese marcado concepto ético de luz, se desprende del propio Génesis:

En el comienzo de todo, Dios creó el cielo y la tierra. La tierra no tenía entonces ninguna forma; todo era un mar profundo cubierto de oscuridad, y el espíritu de Dios se movía sobre el agua.
Entonces Dios dijo: “¡Qué haya luz!”
Y hubo luz. Al ver Dios que la luz era buena, la separó de la oscuridad y la llamó “día”, y a la oscuridad la llamó “noche”.


Pero en ocasiones la noche puede ser lo bueno, el espacio espiritual por excelencia, dice el poeta Novalis:

Mas vuelvo mi camino
a la sacra, indecible,
y misteriosa noche.

A través de la noche debe pasar Dante para hallar a su amada. Eneas y la sibila Ibant obscuri sola sub nocte per umbram. Dice Borges, La noche es madre de las Parcas tranquilas// que tejen el destino.
En la aparente línea que divida las luces de las sombras el poeta se encuentra inmerso, pero prefiere la huida hacia la oscuridad. Hacia ese espacio en donde la vida no está restringida, donde el tiempo no está determinado. Las sombras, la oscuridad es la embriaguez –opio, vino y amor–, todo lo que se queda fuera de los márgenes del día:

¡Qué infantil y mezquina
la luz ahora paréceme,
cuán alegre y bendito es el adiós del día!

Los dioses pasan a formar parte de esa noche, pero, como en una especie de nuevo advenimiento Cristo surge como la suprema divinidad.
Cristo es sólo el tránsito a una nueva vida. Los antiguos temían a la muerte porque nada había más allá de la vida. En tal caso todos los héroes fueron héroes sólo por temor a la muerte. Pero Novalis vislumbra la misma luz que guiaba, junto con Virgilio, al Dante de la Comedia.

domingo, 28 de febrero de 2010

Josefina

Siete años tenía Josefina cuando escapó de su casa. Se había refugiado en el bar del “Negro” Amaro, Nicanor Amaro para los que gustan de estas casualidades histórico-epónimas. El Negro cuidaba a la niña como a una mascota. Josefina era callada, rubia, obediente y con unos pies muy pequeños. Él adoraba sus pies, era recóndita e inexplicable su fascinación por los pies de Josefina. Los miraba durante horas, casi siempre después que se había marchado el último parroquiano y él se sentía libre de correr la cortina que separaba su cuarto del resto del boliche.
La mañana del día que Josefina llegó el Negro había revisado muy por arriba el periódico y sólo a la noche, después de haberle jurado a aquella no decirle a nadie dónde se escondía, leyó completa la noticia de la fuga. El puente de madera que separaba el mostrador de esa otredad que era el resto del boliche quedaba justo frente a la puerta del cuarto del negro. Josefina pasó muy rápido y con una sospechosa precisión. Nadie la vio entrar, sólo el negro. En una ciudad bastante grande como esa los medios se hicieron eco poco tiempo de la desaparición de la niña, que, poco importaba para el Negro, no se llamaba como decía llamarse. En estos, más los comentarios cien veces repetidos y modificados de sus clientes, se enteró el Negro que aquella pequeña siempre había sido un poco extraña y que sus padres no dejaban por mucho de ser sospechosos. Por eso no dijo nada aquella tarde en que esa muñequita rubia entró corriendo y se dirigió al cuarto sucio de aquel, como si lo conociera o estuviera destinada a él de antemano.
Josefina dormía poco pero profundamente. En sus horas libres (el Negro la obligaba a leer libros escolares que conseguía en la feria), se cuidaba de no hacer ruidos mientras adornaba la habitación, movía los escasos muebles que le resultaban livianos (aunque casi siempre con ayuda del Negro que dejaba por un segundo su otra noble labor) o jugaba con las botellitas de whisky que el Negro pintaba con los esmaltes que perdían las mujeres en el baño, generalmente después de las cuatro.
Afuera del cuarto el ambiente no siempre era distendido. Un bar está hecho de las confluencias más diversas y aún extremas, sólo unidas por ese gusto egoísta y calavera de estar reunidos, cada cual en su mundo, en torno al alcohol y al servicio que, para la mayoría, es el único de sus vidas.
La niña pasaba horas jugando sola y el Negro sólo adivinaba, de vez en cuando, sus pensamientos. No tenía zapatitos sino unas zapatillas que, vistas sin el resto brillante de su dueña, bien podían ser las de un varoncito.
El Negro, por su parte, era callado y complaciente con todos. El trabajo con el alcohol y sus enamorados le había enseñado a eludir la mayoría de las conversaciones, aunque, con acierto, las avivaba de vez en cuando entres sus clientes. De joven había sido jugador de fútbol, un crack perdido como la mayoría de los que alientan sueños fáciles, mejor que su hermano decían, pero las únicas copas que había alcanzado a levantar, y muy seguido, eran las de los bares. Aquel, sin embargo, andaba por el exterior, muy bien en todo pero con amnesia. Ahora, el Negro Amaro, no tenía otra pasión que Josefina. Sólo cuando logramos disponer nuestra vida en torno de algo ajeno a nosotros comenzamos a entender sus sentidos, y la vida exige, para guardarle cierto respeto, más de uno. El negro no había hallado muchos pero ahora sabía íntimamente que ella era el suyo.
En cuanto a su bar, se había hecho de él con el único “recuerdo” que le enviara su hermano nueve años atrás. Ya no tomaba. Sólo un vicio tenía el Negro. Se llamaba Hilario Solís. Era mayor que aquel, si bien no lo aparentaba, y nunca había escatimado gastos en el bar, aunque era de perfil más bien bajo. El Negro Amaro, en algunas ocasiones, después que se hubiera marchado el último cliente, cerraba el bar por fuera y dejaba adentro, con cierto remordimiento, dueña de una paz infinita, a la durmiente más bella de su mundo, para saciar lo que su carne le exigía.
Una tarde estuvo horas mirando a su niña. Era más suya porque había venido a él, no era una “hija” impuesta por ese destino inapelable de ser padre sino la mejor obra que el azar podría haberle fraguado. Aunque el Negro difícilmente pensara todo esto. Él la miraba y no pretendía saber más que eso, que era suya.
Esa noche fue corta. Todos se fueron yendo, inadvertidos, de vuelta a sus vidas, fuera del espacio elegido que detiene el tiempo. Sólo quedó un extraño. El Negro le había servido unas cuantas copas sin hablarle nada y quizás eso hizo todo más sencillo. Esa noche no había aparecido Hilario, pero Josefina volvía a dormir sola.
El Negro no soñaba, no recordaba sus sueños, pero cuando lo hacía un miedo natural de padre se apoderaba de su almohada. Veía a Josefina empapada en sangre y se despertaba sudando frío y con un salto. A su lado, tibia y serena, soñaba aquella con sus botellitas de colores y sus cajas de cigarros convertidas en casitas de muñecas sin muñecas.
El Negro le había sido fiel a Hilario mucho tiempo pero no mediaban entre ellos demasiados acuerdos. Cuando este se percató de que aquel nuevo parroquiano últimamente quería ser siempre el último en irse le corrió un escozor por el pecho que le entrecortó un poco el aire y tensó sus músculos magros. Un par de veces cedió el otro yéndose al segundo whisky silencioso que le sirviera Amaro, ya solos los tres. Pero ansioso propuso un tácito desafío después de algún tiempo que Hilario frecuentara el bar demasiado seguido. Esa noche, la del duelo mudo, el Negro los había despedido a ambos. Sólo dos quedaban cuando quiso acordarse que debía ir cerrando. No había visto entrar a ese hombre de mirada perdida sentado en la silla más alejada del mostrador. El Negro se le acercó y este le pidió una grapa. La tomó callado. Cuando el último borracho que sostenía el mostrador se fue, le avisó, arrastrando un poco las ideas:
—La noche es joven pero ya podés cerrar nomás y se fue cantando: …y nosotros los muchachos…
Al Negro no le sorprendió demasiado que no saludara, aunque los borrachos viejos suelen ser respetuosos entre ellos, al hombre de mirada perdida que aguantaba aún el mostrador. Intuyó que la cosa ya no daba para mucho más y comenzó a lavar a los últimos vasos de la noche, de espaldas a aquel y pensando en los pies de Josefina. Pero cuando se volteó ya no quedaba hombre ni mirada perdida. Cerró el bar ya casi con el sol en alto.

—Soñé que te morías —dijo la niña, jugando con esos pies hermosos que colgaban de la cama.
—Ah, entonces me estás dando más vida.
El Negro tuvo que explicar esa creencia popular y aclarar algunas palabras:
—Si soñás que alguien se muere, entonces le augurás años de vida.
La niña le explicó entonces el sueño:
—Soñé que eras viejito y yo ya estaba grande y entonces un día te morías.
El Negro dudó un segundo ante tan extraña paradoja. Si alguien sueña que te morís te da vida, pero ¿qué pasará si sueña justamente que te da tanta vida hasta que te morís de viejo? Resolvió rápidamente la cuestión dejando de darle vueltas en su cabeza.

Había abierto el bar a las cinco. Anotaba la quiniela mientras conversaba de cualquier cosa con el más próximo a la radio. Apuntó el 014, a la cabeza. Miró en derredor, todos ganadores, pensó.
—Mirá —dijo el negro señalando con el índice— allá va el de la otra noche, el que me jodió con una grapa. El otro miró hacia fuera, hacia el sísmico mundo que era afuera y no vio a nadie. “Andá a saber, ya habrá pasado”, pensó, y recogió como con un cordón otra vez su mirada hasta el tranquilo ambiente de adentro. El Negro quedó ofuscado pero no hizo amague de nada más.
Hasta la noche estuvo tranquilo, incluso no notó nerviosismo en Hilario, ni en su rival, sentados en cada punta del mostrador en v para cruzar, de vez en cuando, una mirada de frente sólo interrumpida por el cuerpo del Negro. Ambos se fueron tarde pero no últimos, ni juntos, por supuesto. Primero se había ido Hilario. Serían más de las cinco cuando el Negro despidió al último cliente, empezaba a amanecer. Se tomó su tiempo para echarle una mirada al sueño de Josefina y disponerse a cerrar.
Apagó las luces y alcanzó a trancar un ala del doble zaguán del bar cuando una sombra se abalanzó sobre él, descargó un golpe filoso sobre su cara y dos pinchazos helados perforaron su estómago. Forcejaron un poco y el agresor acabó por estrellarse contra el mostrador. El Negro corrió instintivamente hacia adentro, arrancó la cortina que separaba la habitación del bar y se desplomó, desangrándose, en el suelo. Algún ruido se oyó aún del otro lado, quizás el de la caja o las botellas. Josefina se despertó de un salto, los ojos bien abiertos y celestes. Miró al negro, a aquel bulto tendido en el piso y arrollado, agonizando en un intento de estirar un brazo. Se incorporó y sólo alcanzó a abrazarlo. La sangre del negro empapó su remerita blanca pero ella, sin llorar, continuó con el abrazo. El Negro alcanzó a verla toda manchada de sangre o se lo imaginó como en su sueño y, a pesar del dolor, murió sonriendo.
El vespertino de ese día llevaba un gran titular en donde aclaraba con detalles el “secuestro” de la niña. Había estado meses escondida en la casa de una tía que sabía muy bien de los castigos de sus padres. Más abajo y con letra menos de impacto que de indiferencia se reseñaba la muerte, por arma blanca y seguramente a manos de un delincuente o drogadicto, de José Nicanor Amaro Delfino, dueño de un bar y homosexual. Las fotos mostraban el frente del bar y la habitación donde el negro Amaro yacía boca arriba, los brazos sobre el pecho cruzados.

lunes, 8 de febrero de 2010

nocturno


retribución a:
Rafael Fernández y Jorge Pignataro



espacio en negro
sustancia rugosa parecida al olvido
la mano abierta y tendida para caminar sobre ella
una caricia también puede ser ciudad
la noche y la piel se han vuelto viejo matrimonio
(ya no se puede hablar de grillos, melodías ni tristeza)
pero es triste
triste la pena del amor en pretérito imperfecto
triste rebeldía de querer y que se me niegue
esta endeble tentativa de lunas de Magritte, de Sabines
de “cosa alada” que no me pertenece

lunes, 11 de enero de 2010

Carlos Liscano, La ciudad de todos los vientos; una teoría del no novelista

Montevideo, parece decir Liscano, es la ciudad que continua haciendo literatura con sus indios inexistentes, sus gauchos, sus matreros; no se equivocó en el año 2000 cuando publicó La ciudad de todos los vientos, nueve años después sigue vigente su apreciación.





Carlos Liscano, una teoría del no novelista


“La historia que uno cuenta importa poco, lo que importa es la lucidez literaria, el no ignorar en ningún momento que se está haciendo literatura”


“En Montevideo el viento viene del río, viene del norte, viene del este, viene del oeste, se mete en las calles, invade casas, entra en la cabeza de la gente, la vuelve descreída, pesimista y gris. Por culpa del viento a los tres meses de haber nacido el montevideano adquiere las características nacionales para toda la vida. Viento y humedad, eso es Montevideo.”


de: La ciudad de todos los vientos



Montevideo es “la ciudad de todos los vientos”, la ciudad imposible, la ciudad de un país sin nombre, donde no se puede desarrollar una novela, donde los indios aún se encuentran a salto de mata, donde el personaje, el no héroe, se refugia de esos indios que parecen amenazar, pero en realidad son domésticos. Montevideo, parece decir Liscano, es la ciudad que continua haciendo literatura con sus indios inexistentes, sus gauchos, sus matreros; no se equivocó en el año 2000 cuando publicó su novela, no se equivoca en el 2009, cuando se siguen consagrando best-sellers uruguayas historias noveladas, o novelas historiadas, de matreros y polecías.

Y, en este sentido, Montevideo y su gente, o la gente que es Montevideo, representa el contexto perfecto para una no novela, un no escribir, por eso, quizás, Onetti, ese cronista del cemento podría haber dicho Benedetti, la narró (si es que la narró), desde diversos exilios (el encierro y la soledad también pueden sus formas), por eso es, también quizás, que, recorriendo sus calles, el protagonista-narrador-autor Liscano no puede hacer otra cosa que caminar sin rumbo, chocarse con muchas estatuas, perderse y encontrarse, previsiblemente, apáticamente, consigo mismo o con otros escritores y tener charlas donde predomina una especie de incomunicación, de mundos distintos, cada cual en el suyo, o, encontrarse con gente común, viejas que no deben introducirse “en la novela que uno está escribiendo” para mantener diálogos llenos de lugares comunes, de retruécanos nada literarios porque la literatura no es diálogo común, no es diálogo de gente común y menos de viejas. En este sentido no se escapa el humor, aspecto que, al decir de Lauro Marauda, parece vedado a la mayoría de los escritores uruguayos, aunque el humor de Liscano tiene un dejo de amargura.

Liscano parodia la posibilidad de una novela latinoamericana y la imposibilidad de una identidad, término complejo si los hay, puesto que ni el lenguaje, ni las costumbres, ni los lugares pueden definir un personaje latinoamericano, porque “latinoamericano” es muchas cosas, pero cosas de un género mercantil, “turístico”, que parecen inspirar apatía: “Si uno es latinoamericano, digamos que también yanqui o canadiense, tiene derecho a escribir sobre indios, ponchos, quenas, pipa de la paz, coca, mezcal y otros alucinógenos que nos caracterizan.

No se puede tener un héroe, no se puede inventar historia alguna, no se puede escribir una novela. Esto hace Liscano y en esto se resume su no novela que, para un lector del siglo XXI, es perfectamente comprensible desde el caos, desde el no lugar o desde la virtualidad en la que ya casi todo ser humano se encuentra. La búsqueda es imposible porque no se sabe qué se busca, y en este sentido su “Novela” (al menos eso consignan seis letras en la tapa debajo del título del libro), termina siendo más teoría literaria que narración, más reflexión sobre o acerca de la escritura, el autor, el concepto de latinoamericanismo, que historia.

La ciudad de todos los vientos parece ser una invitación, una posible puerta de entrada, o de salida, para llegar a esa verdadera no novela que logre integrar una nueva o reformulada teoría literaria y una historia que recuerde los orígenes más ilustres del género. Su no novela vislumbra un Quijote del siglo XXI que aún no ha nacido.

Carlos Liscano nació en Montevideo, en 1949. Ha incursionado en la poesía y la narrativa. En esta ocasión destaco, además de la mencionada, sus obras narrativas: La mansión del tirano, 1992 y El camino a Ítaca, 1994. Publicó La ciudad de todos los vientos, en el año 2000. Su obra puede ser considerada un ejemplo de la no novela, donde la búsqueda a veces kafkiana, lo irracional y el humor no quedan de lado.