sábado, 4 de abril de 2009
17 de marzo
hay que hecharle ácido a las heridas
azul a las miradas
siniestras descendencias
puntos suspensivos
estar a martes
tal vez miércoles será otra vida
anunciar en un punto el grito justo
saber dispararse
como un racimo del luz
se desprende el sol que es un tú
desde una mano hacia el túnel de otra mano
elijo sacrificar una palabra
al viento que a veces corre entre las tumbas
17 de marzo dos mil nueve
hay que hecharle ácido a los días
hay que clasificarse las costillas
hacinar los besos que me dabas
en el temido baúl de los recuerdos
tal vez morir
de vida clandestina
miércoles, 18 de marzo de 2009
Urgencia
Todo es oscuro
Menos tus ojos
Todo lejano
Todo pasado
Menos tus ojos
Azul de mar en calma
Calma azul del mundo
Menos tus ojos
Todo es invierno
Todo es tiempo
Perdido
Todo es búsqueda
Menos tus ojos.
Urge la caricia
Abismal // siniestra
Desde una entraña hacia ese otro espacio plural
Tibio
Descastado
Urge el beso
La silueta
Los pies desnudos
En ritmo de ola
Urge
Y la urgencia descansa
En el verso
Nota aclaratoria: es mi deber decir que hace algunas horas me encontré con este poema de Miguel Hernández:
(59)
Menos tu vientre,
todo es confuso.
Menos tu vientre,
todo es futuro,
fugaz, pasado
baldío, turbio.
Menos tu vientre,
todo es oculto.
Menos tu vientre,
todo inseguro,
todo postrero,
polvo sin mundo.
Menos tu vientre
todo es oscuro.
Menos tu vientre
claro y profundo.
No es fácil refutar este evidente plagio, pero, como nadie osó decirme nada (no creeré que ninguno de mis poquísmos, pero formados, lectores no se haya dado cuenta), aclararé algunas cuestiones que pueden servir de marco también conceptual para una (burda, pobre, todos esos adjetivos valen) teoría de las "influencias" literarias. No creo haber leído este poema recién ahora, seguramente lo conocí mucho antes y, es la única vuelta que le encuentro, quedó grabado en mi inconsciente, lo que hizo que, en alguno de mis ejercicios, emergiera como si yo (pobre de mí) lo hubiera elaborado, lo hubiera imaginado siquiera. Me pasó algo similar con un cuento: "La jaula", el cual se parece mucho (como un canto rodado a un diamante) a un cuento que, eso sí no olvido, leí sólo una vez en mi vida pero, mi memoria narrativa predomina sobre la poética, después de haber escrito aquel, y lo leí porque me avisaron que era igual, estoy hablando de "Una rosa para Emily" de W. Faulkner. Sí había leído algunos Faulkners, pero ese cuento no.
De todas formas, "Quién podrá condenarme...", dice Jorge Luís, sí he visto (he leído) ejemplos menos notables de todo esto de lo que hablo, citaré el último que, entre otras cosas, me deparó una discusión con una correctísima profesora de literatura incapaz de poner en tela de juicio a ningún escritor que publique en Alfaguara o Anagrama (eso tienen las editoriales con "A" sólo publican genios irrefutables), el caso es que, habiendo leído yo "El gaucho insufrible" comenté que era una pobre parodia de "El sur", del antecitado escritor (cómo estoy pa los neologismos eh) y que, aclarada por parte de su autor la intencionalidad del cuento, es decir a pesar de eso, no lograba nada, digámoslo académicamente, no lograba nada como la gente. También me pasó que hace unos días, en la nada menos que linda Feria del libro montevideana, tuve que bancarme a una señora leyendo un cuento que "retomaba" los días de encierro (y un diálogo con su conciencia, con su alter-ego, en fin), de Cervantes, antes de escribir el Quijote, y aquí se me disparan las ideas, ¡cuánta originalidad!, ya se me vienen a la cabeza tres cuentos, mucho más ilustres, que retoman la idea de ponerse en la piel del autor antes de publicar una gran obra. Por favor, ¿necesitamos volver a Cervantes?, si no hay ideas, ¿por qué no mejor dedicarse a leer y dejar a los que sí las tienen escribiendo libros? (no me pongo como un ejemplo de escritor puesto que por cada línea infeliz que escribo leo uno o dos libros). Podría citar a Cohelo (no se rasguen las vestiduras, lectores de best-sellers, no dejará de escribir porque yo lo enjuicie), y su gran novela El alquimista, frente a un cuento que, jeje, les toca a uds. descubrir.
Sirva esto como intento de redención.
sábado, 14 de marzo de 2009
San Petersburgo, 1907.
miércoles, 25 de febrero de 2009
Literatura de autoayuda y best-sellers. Tomo II
¿Por qué se consume esta literatura?
¿Es literatura esta “literatura”?
¿Qué tiene de malo ser o no ser un best-seller?
Es indiscutible que existen varías razones que fomentan el consumo de esta literatura de corte psico-terapéutica. Por un lado el grado masivo de abandono o despersonalización a la que asistimos, principalmente en las metrópolis, considerando que Uruguay es un poroto en el mercado (respecto a esto el director de una editorial argentina que hace muy poco comenzó a exportar sus libros hacía el lado oriental dijo que estaba contento porque Uruguay consumiría tanto como Mendoza o Córdoba). Vuelvo al tema, otro factor, no menos importante es el marketing que está volcado casi en forma unánime a estos Frankensteins de la literatura y que, a quien no esté del todo informado, puede hacer pensar que eso es lo único que se está publicando o lo único que es correcto leer a esta altura de la evolución literaria. Marketing y necesidad, no sé quién realiza el llamado y quién contesta.
Por último está el grado de capacidad lectora e interpretativa que tenemos. Ya no se educa para leer sino aquello que está muy claro. Incluso lo que muchas veces está muy claro se presta, por incapacidad no por vuelo intelectual, a interpretaciones de lo más disparatadas que ameritan -pobres editores consagrados al oficio del enriquecimiento cultural- índices o códigos de lectura que se venden aparte. Es decir que, por un lado tenemos “El código Da Vinci” y sus posteriores libros analítico-interpretativos o guías para su cabal comprensión. Por otro, podría citar un ejemplo notable de esto cuya función sí es enriquecedora, el libro “El ojo Dindymenio” adjunta su “Guía de lectura y léxico de la novela El ojo Dindymenio” del uruguayo Daniel Chavaría; guía de nombres a tener en cuenta. Entiendo que esto es correcto cuando es necesario, cuando el grado de dificultad o el alejamiento epistemológico es tal que no le permita al lector inferir, sacar sus propias conclusiones o, magnánima palabra, pensar. Pero imagínese usted ante una guía para la comprensión de “Cien años de Soledad”. Absurdo. Sin embargo, quién no ha visto la undécima edición del código para interpretar el código del Código Da Vinci. Notable.
Por otro lado, ya brindé mi opinión con respecto al producto pero, como vivimos en una época en que ser contradictorio es lo correcto, diré que una de las definiciones que, en Teoría Literaria, más me ha colmado acerca de qué es la literatura es la siguiente: literatura es aquello que en determinada época y por un conjunto más o menos importante de gente es tomada como tal. Así que, actualmente, no hay una forma más evidente de literaturnost que la que pueda desprenderse del análisis de Paulo Coelho, Jorge Bucay, Brian Weiss por citar algunos de los más conocidos en nuestro medio. Quedaría resuelta así, con muy poco y a mi entender muy insatisfactoriamente, la cuestión de la inscripción de tales libros en el orbe de la Literatura. Confieso que he leído algunas páginas de estos tres mencionados y sólo logré terminar de leer “El alquimista”. Una novela de búsqueda personal que puede (podría, si el autor hubiera querido profundizar en trama, en psicología y en el drama de la existencia humana, ni hablemos de símbolos) compararse, por ejemplo, a “El juego de los abalorios” de Hermann Hesse, Nobel de Literatura en 1946. No se rasgue las vestiduras, si usted es un intelectual, después de lo que he dicho; “El alquimista” podría haber sido una obra de tal calidad.
¿Leyó usted “El alquimista”? Bien. ¿Leyó usted “El juego de los abalorios”? Entonces usted mismo está en condiciones de ponerse a discutir qué tiene de malo ser o no ser un best-seller. Hágalo.
sábado, 14 de febrero de 2009
Literatura de autoayuda y best-sellers. Tomo I
Creo que caeré en la tentación de narrar, por momentos esto puede convertirse en un cuento; no se asuste el lector, no lo es.
Yo vivo desde hace tres años en Montevideo, ciudad que me ha aceptado como su habitante y a la cual he aprendido a torear, aunque sin capa ni espada. Uno de los enfrentamientos que más asiduamente encaro es el del transporte y como no tengo, aún, mi propio medio me valgo del ómnibus. En ese espacio siempre tiene uno tiempo para pensar, si así lo desea, observar la conducta de los demás o, último caso de locura literaria, intentar imaginar la historia de aquellos que son, circunstancialmente, nuestros compañeros de viaje.
Una de las cosas que más me llamó la atención de mis fortuitos compañeros de viaje, y que luego aprendí a realizar, fue la capacidad de leer y concentrarse en la lectura, claro que para esto casi todo el mundo cuenta con más de treinta o cuarenta minutos por viaje, si es que realiza uno solo; yo cuento, actualmente, con una hora en cada uno de los cuatro viajes (mínimo) que realizo por día.
En fin, el día de hoy elegí (como siempre que se me presenta la oportunidad de hacerlo) sentarme al lado de una señora que iba leyendo. Yo también tenía mi librito dentro del bolso junto con otros papeles pero preferí husmear, un poco de costado y con disimulo, lo que leía la señora. Con subtítulos como No se te olvide decir te amo, o A querer queriendo… y otras vueltas más de lo mismo entendí que el libro de la señora era de autoayuda. Esperé el momento oportuno y me hice del título del libro que era algo así como Consejos para amar o cosa parecida.
Con la finalidad de criticar un poco, lo que ya me he dedicado a criticar mucho, revisé en mi memoria los libros que había leído cuyo referente fuera el amor presentado no como mera narración, porque ya se me había ocurrido pensar en “De qué hablamos cuando hablamos de amor”, así que abandonado el nombre de Carver, comencé a recodar un poco de filosofía. Ahí estaba “El arte de amar” de Ovidio, “El arte de amar” de Fromm, y por último logré recordar “El amor, las mujeres y la muerte”.
Tanto el libro de Ovidio como el de Fromm son bastante pequeños para cualquiera, pero tanto más pequeño es el de Schopenhauer donde, además, El amor, es sólo un capítulo del mismo. A esta altura estaba discutiendo, íntimamente por supuesto, un poco entre estas tres sus posturas con respecto al amor cuando se me ocurrió juntar los tres libros y comparar el resultado con este que tenía la señora a mi lado. Estoy seguro que de la sumatoria no hubiese obtenido ni un cuarto del que la señora llevaba en la mano; algo más grande que “Cien años de Soledad”, se me ocurrió pensar. En mi edición, Schopenhauer le dedica 45 pags. al tema, Erich Fromm un poco más de cien y mi Ovidio llega, sin las notas, a unas 115.
¿Será que aquel señor sabe tanto del amor? o ¿propuso una síntesis y, a su vez, un estudio comparativo de diversos autores que se han pronunciado en torno a este tema a lo largo de la historia?, ¿será que esta clase de autores gozan de una clarividencia que yo, pobre de mí, no alcanzo a vislumbrar? o ¿será que su editorial le paga por página a pesar de…?
Seguramente sabe mucho y yo prefiero no nombrarlo, puede que a su mansión en el primer mundo le lleguen noticias de este artículo y decida enfadarse conmigo por citar algunas fuentes que sus lectores, ávidos de reflexionar, contraponer posturas y ampliar horizontes literarios, puedan conseguir, seguramente a precios mucho más accesibles que los suyos.
sábado, 24 de enero de 2009
LOS AMANTES
Los amantes ricos se desnudan completamente, dejan sus celulares, el pen drive, mp3 ó 4 sobre la mesa.
Los amantes pobres también se desnudan, un poco, dejan sus pretensiones por el piso o en cualquier lugar donde se pueda apoyar algo.
Los amantes ricos tienen sábanas limpias, perfumadas, aire acondicionado y televisión por cable con canales porno decodificados.
Los amantes pobres tienen el piso o cualquier lugar donde puedan apoyarse.
Los amantes ricos tienen muchas cosas, músicas en que siempre se aguardaban.
Los pobres tienen el sonido típico del lugar que hayan elegido para revolcarse un poco en el piso.
Pero… si usted creyó que yo iba a caer en el lugar común tras ese pero e iba a escribir acerca del amor por sobre todas las cosas estaba en lo cierto, entonces… pero:
a los amantes ricos les suena el celular con ringtons polifónicos y aúllan en su transcurso como (ah no, eso sería plagio, el segundo en tan corto texto), entonces tienen que atender y es el jefe que es más jefe que él o el marido de ella que vuelve del viaje antes de tiempo.
a los amantes pobres les pica mucho la piel, a pesar de lo curtido, porque en ese lugar que eligieron para apoyarse descansan los perros callejeros.
Y se tienen que despedir, los amantes ricos y los amantes pobres porque hoy en día todo es tan complicado.
viernes, 26 de diciembre de 2008
La aldea de los dioses
Río porque no existen plumas de acero. Mi padre habla de un pájaro de metal. Mi padre salió a cazar a la hora que se esconde el jaguareté y me contó que, donde el río de las piedras se encuentra con el río de arena, se puede ver, del otro lado, una aldea enorme, mucho más grande que la nuestra y sobre ella vuelan pájaros de acero. Nadie se atreve a ir. Mi padre dice que es la aldea de los dioses porque las chozas son más altas que los árboles y sus botes navegan sin remos sobre el río de arena. Dice que el cielo es gris, no celeste brillante como el nuestro. Mi padre me dijo que no había visto ningún hombre del otro lado, así que por eso está seguro que es una aldea de dioses.
Yo me río cuando me cuenta lo de los pájaros. Los nuestros no brillan tanto como el sol, son de muchos colores pero no brillan.
Mi padre llegó con la noticia de la aldea de los dioses así que lo dejaron hablar primero entre los más viejos y la dieron el honor de cumplir con las ofrendas.
Madre no quiso venir porque no estaba contenta.
Ahora mi hermana se aleja en la canoa hacia la aldea de los dioses. Mi padre está serio. Estuvo así durante toda la ceremonia y no se movió de su lugar cuando los ancianos llenaron la canoa de monedas de oro y sacrificaron a mi hermana para ofrenda de los dioses.