sábado, 30 de junio de 2012

Tributo a Neruda-Regalo para Ale


cuando morena, las manos ámbar  
nado tibio empetrolando los dedos
cuando rubia, enredo de frutas
si castaña, horizontal, cenítica
y si grana bermellón bermeja
mejor así
su pelo destila mis  heridas abiertas

detrás de todas ellas estoy
asomado a un vértigo de labios

detrás del incendio de colores, detrás de la tierra, el humo, el fuego
que espesa su mirada

detrás de todas ellas, acunado en la sombra de un beso
me golpean con su boca de viento
y mis miedos corren hasta el rincón seguro de sus piernas
manantial de formas, caleidoscopio
arcilla del hambre para mis huesos

detrás de todas ellas
corre el insomnio para ahogarse en sueño

jueves, 15 de marzo de 2012

El frasco azul, de Washington “Bocha” Benavides

El Maestro no necesita mayores presentaciones. Por eso (por si acaso algún desprevenido), nos remitimos a citar el primer párrafo que encontramos en la solapa de su último libro: «(Tacuarembó, Uruguay, 1930), es uno de los más prestigiosos intelectuales uruguayos. Premio Morosoli de Plata por su labor literaria (Fundación Lolita Rubial, 2003); Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Montevideo (Junta Departamental de Montevideo, 2004); recibió –del Parlamento Cultural del Mer.Co.Sur, junto a Mario Benedetti– el Diploma de Honor por el aporte a la cultura (2005). »
¿Qué son los frascos azules? Utilizamos el plural porque si bien existe un primer frasco (texto) que se presenta como el abanderado sobre los siguientes, el de «vientre azul […] que me llenaba de miedo pero, a la vez, me hechizaba» (pág. 9), este se convierte en la caja de Pandora que enceguece al gurí evocado por el poeta, y hace olvidar todo lo demás, así como lo harán luego con el muchacho, en un juego de extrapolación que va más allá de lo literario, las obras de Borges, esos «tomos grises» (pág.10). Entonces, los frascos azules son una alucinación consciente, un viaje hacia ese asombro de las cosas que «nos sirven como tácitos esclavos, /ciegas y extrañamente sigilosas!» (Borges, “Las cosas”, 1969), o son cosas que solo existen como realidad poética para ser “revueltas”, al decir de Valera sobre Darío «Usted lo ha revuelto todo.», comenta el español sobre el libro Azul del nicaragüense, en una cita que recuerda John Filiberto, que lo llevará también a recordar: «el motivo de la “flor azul” en Enrique de Ofterdingen (1802) de Novalis, la flor azul traída del sueño en Coleridge y aún en el Simbolismo, “El pájaro azul” (1908) de Maeterlinck.» y por qué no, agregamos, los “Tigres azules” que aparecen en las páginas de La memoria de Shakespeare, de un Borges de 1983.
Benavides pone de manifiesto en El frasco azul un lenguaje sencillo, oportuno para la evocación y naturalmente poético que dice sin vueltas lo que debe decir para arribar al fin último, la belleza; belleza bordada con hilos de una gran erudición que pueden llevar a muchos lectores a pasarse horas buscando referencias que se hacen con la misma sencillez con la que el profesor Benavídez mantiene cautivos a sus estudiantes en Humanidades (y esboza una sonrisa cuasi cómplice porque sabe que más de uno saldrá disparado hacia la biblioteca a buscarlas).
Por su cuidado la edición es perfecta, casi podríamos asegurar que valdrá también como objeto de colección pues, además de presentarse en un tamaño relativamente pequeño (19 x 11,5 cm.), lo que la hace muy cómoda, exhibir en su arte de portada una obra de Pablo Benavídez, hijo de Washington, y gran pintor uruguayo, estamos casi seguros que su primera edición no ha sido muy numerosa, lo que realzará aún más su valor en el futuro para aquellos que la conserven.
BENAVIDES, Washington. El frasco azul. Montevideo, ediciones abrelabios, 2011
PD: caro profesor, mi edición de las Obras Completas de Borges ostenta, bajo unas cubiertas amarillas, tapas azules.

martes, 28 de febrero de 2012

Mujeres sin marido. Ficción, género y cultura.


De Hilia Moreira.

En sus libros, la doctora Hilia Moreira, define la semiótica como «un lugar desde el cual se estudia el universo, considerándolo como multiplicidad de lenguajes.» 1 (1994: 9); vale esta última aclaración pues algún desprevenido podría llegar a considerar a la semiótica como una especie de proyecto espacial. De todas formas es un proyecto, un proyecto que nace con los estudios más contemporáneos de los signos que realizaran, casi al mismo tiempo pero desde diferentes especialidades, Ferdinand de Saussure y Charles S. Pierce. El primero, interesado en el lenguaje a partir del cual elaboraría su teoría de los signos lingüísticos, el segundo, desde la pragmática, tratando de entender el signo como una entidad naturalista, que se conforma dentro de la mente de cada individuo. Así, Pierce, se acercaba más a pensar el mundo como una gran construcción de signos. La obra de Moreira, por su parte, parece entroncarse con la rama que desplegó, originalmente Roland Barthes (proyectando un estructuralismo Saussureano) que, como crítico de la cultura, aunó en su legado las perspectivas de un pensamiento más subjetivo e, incluso, con tintes psicológicos2. Línea que luego desarrolló una de las referentes de nuestra autora, Julia Kristeva, a quien, Moreira, homenajea en su capítulo final, junto al también semiólogo, profesor y poeta uruguayo Jorge Medina Vidal que introdujo tempranamente a través de sus cátedras en Humanidades nociones de la pensadora franco-búlgara.

Mujeres sin marido no es la reivindicación de la soledad femenina, ni mucho menos, sino una visión de la mujer en relación con la sociedad, una mujer que se mueve en un universo de signos, los interpreta, los reproduce y los interpela, configurando, algunas veces, nuevos parámetros de significados. Así, leemos en la página 23:

«Este libro aparenta centrarse en las mujeres. Pero su foco encubierto es el género masculino. Al recorrer su destino, las damas que aquí figuran suelen ir acompañadas por un hermano, un padre o un amante. A veces, por un esposo. Esos hombres las incitan a educarse, respetan su trabajo, las defienden y hasta lloran públicamente por ellas. De ese modo muestran que, en diversas épocas y culturas, el modelo masculino convencional tiene sus fisuras.»

Moreira, analiza para llegar a estas conclusiones múltiples elementos significantes, desde la literatura hasta las publicidades que recubren la ciudad.

De esta forma, Mujeres sin marido se convierte en una referencia amena, con capítulos breves y contundentes a los que sus lectores ya están acostumbrados desde sus trabajos anteriores. La amplitud conceptual de la autora permite al lector salir del libro enriquecido y un poco más predispuesto a encarar el “universo” desde otras perspectivas, realizando diferentes lecturas de una realidad que (en ocasiones y casi siempre por pereza mental o por malintencionadas necesidades de un público no pensante), puede parecernos uniforme, sencilla de entender o explicar si mantenemos (a riesgo de petrificar nuestra inteligencia), tal o cual postura.

A modo de ejemplo de lo mencionado arriba, el capítulo 8, “La mujer velada en el mundo del marido”, plantea las cuestiones relativas al velo de la mujer en las sociedades islámicas. Es casi predecible la rápida postura que podríamos asumir los lectores más “occidentalizados” pero, Moreira, enfoca la cuestión también desde otras configuraciones:

«El hijab se vuelve metáfora de la lumbre hogareña y apela, de esa manera, al honor de los varones. Mediante su tapado, la dama está en condiciones de viajar y trabajar sin que nadie la moleste.
Todavía más: el manto femenino significa superioridad social que el Islam atribuye a la mujer. Al ir cubierta, la señora puede observar todo sin ser vista. Por consiguiente, su velo le permite adueñarse de un conocimiento del que carece hasta su propio marido. Al contar con un saber que ha obtenido sigilosamente, la esposa se transforma en asesora de su esposo.» (p. 51-52).

El texto continúa presentando algo que, si mantenemos una única perspectiva, podríamos ver como una paradoja pues se asume que la libertad estética que otorga un velo impide presiones sociales que, en muchos casos, llevan a las mujeres a teñirse el cabello, realizarse tratamientos invasivos o cirugías peligrosas, así como a obsesionarse con la masa corporal.

Con una sencillez, a veces aplastante, nos invita a repensar nuestros propios valores en una época en la que especialmente se ha puesto de moda criticar ciertas ortodoxias ajenas sin ver las abismales asimetrías que, sin considerar, perpetuamos como individuos y como sociedad. Podríamos, para esto, comparar la tasa de muertes por violencia doméstica que contabiliza el Uruguay solo en este año. Vale aclarar que Moreira, no hace juicios de valor sobre una u otra situación (incluso esta última cuestión forma parte de una planteo personal de quien escribe estas líneas), pero se movilizan de tal forma las ideas que es imposible terminar ningún capítulo, sin reacomodar aunque sea mínimamente nuestro pensamiento.

Moreira, Hilia. Mujeres sin marido. Ficción, género y cultura. Montevideo, Trilce, 2012. 152 págs.

Notas:
1 MOREIRA, Hilia. Cuerpo de mujer. Reflexión sobre lo vergonzante. Montevideo, Trilce, 1994.
También puede consultarse: Caricias. Entre la violencia y la ternura. Montevideo, Trilce, 2001.
2 ZECCHETTO, Victorino. Seis semiólogos en busca de un autor. Buenos Aires, La Crujía ediciones, 2008.

[publicado en diario El Pueblo, de Salto, 26/02/12 http://www.diarioelpueblo.com.uy/titulares/mujeres-sin-marido-ficcion-genero-y-cultura-de-hilia-moreira.html]

miércoles, 21 de diciembre de 2011

"La flor de la tacuara" en Pebeta de mi barrio


Pebeta de mi barrio, Aguilar, Montevideo, 2011.

Este es un recorrido por Montevideo, por las historias de tango de los distintos barrios, contadas por sus protagonistas. Incluye CD.

La flor de la tacuara
(relato original que no sufrió las mutilaciones y los agravios de un anónimo corrector de estilo)

No fue en Salto, pero hace un tiempo me pidieron que contara su historia. Acá va lo que sé de él, o lo que recuerdo. Se han mezclado quizás algunas cosas que me contaron luego. Poco importa de todas formas, esta es sólo mi parte de la historia.

Conocí a Manuel Bernardes en Salto, allá por el 69. Era un galán de telenovela disfrutando de los pocos beneficios que eso podía traerle en un espacio pequeño. Nadie se habría imaginado en esa época que terminaría viviendo en un rancho de lata, rodeado de tacuaras y gatos que –según dicen ahora– de vez en cuando terminaban sobre una parrillita de alambres herrumbrados. Supongo que eso de los gatos es ficción, como casi todo lo que se dice de los personajes que fueron destacados y luego derrotados por la vida.

Manuel, en sus mejores tiempos, cantaba tangos en bares y alguna vez su voz alegre, quizás poco conveniente para el tango, llegó a oírse en lugares refinados o exclusivos. Pero ese, el de su voz, no fue el drama que lo dejó a las puertas del fracaso y luego lo empujó hacia adentro. Ni siquiera fue el amor, o al menos la clase de amor que uno imagina en estas historias de galanes en ruinas, lo que lo llevó al rancho, entre tacuaras y gatos, que varias generaciones de niños apedreaban sólo para oír los gritos apagados del hombre en sus entrañas.

Lo conocí en el 69, como ya dije. Yo recorría el país con un grupo de cantores que se presentaban en anfiteatros o en estadios, pero que irremediablemente terminaban –terminábamos– en bares o quilombos suburbanos cantando aquello que no cantábamos en el escenario: rancheras o tangos.

La noche de Salto había sido un éxito y los milicos, que ya se ponían cada vez más pesados en la capital, por ser quizás del interior, habían aplaudido y saludado como cualquier compañero casual. Esa noche recuerdo que terminamos en un bar cerca del puerto, Manuel Bernardes era el único parroquiano que se diferenciaba del resto, aunque no estaba apartado de nadie. Llevaba, eso sí, un saco prolijo que de noche podía pasar por nuevo, y unos zapatos muy bien lustrados. Como siempre, los músicos llegábamos con nuestros instrumentos; un par de guitarras, no más que eso, y los cantores hacían el resto para que las noches fueran alegres y baratas. Yo, al menos, no recuerdo haber pagado nunca un trago, y mucho menos una mujer. Y esa noche no fue muy distinta al resto, salvo por el detalle de que a nuestros cantores le opusieron la voz de un tal Bernardes, tipo tímido pero a su vez resuelto que no dudó en ponerse a cantar acompañado por nuestras guitarras. Estuvimos así toda la noche, y los tragos sólo fueron para nosotros porque Bernardes no tomaba. Después supimos que su hermano tomaba por él, pero en esa época podía pagarse todavía sus propios tragos.

Al otro día logramos que Bernardes, la voz salteña del tango, le decían, nos acompañara en la gira por las pocas ciudades que nos quedaban, y descubrimos, en el norte, que él era más conocido que nuestros propios cantores, y sin otra publicidad que los comentarios.

Cuando llegamos a la capital lo instalamos en una pensión bastante cercana a la de nosotros. De noche salíamos a recorrer vinerías. La voz de Bernardes no impresionaba, pero nunca fue rechazada por nadie. A pesar de algunas correrías y sustos, puedo decir que aquellos eran tiempos felices, aunque esta no sea mi historia.

Bernardes resultó ser, eso sí, un tipo solitario, cada vez se apartaba más de los amigos que lo habían dejado a las puertas del éxito, un éxito que quizás él mismo no pretendía. Era muy reservado, pero llegamos a enterarnos que tuvo un par de líos de polleras. Luego pareció aburrirse o tuvo miedo, y ya no se corrían más rumores sobre el don Juan, sino que empezaron a creer lo contrario. Yo, sin embargo, nunca creí eso, alcancé a estar muchas veces solo con él, en su cuarto o en el mío y parecía más bien esconder una tristeza. Más o menos al año nos enteramos, extrañaba a su hermano.

Recuerdo que viajamos mucho a Buenos Aires y en una de esas idas y venidas no nos sorprendió demasiado el hecho de que Bernardez se hubiera vuelto a Salto. Ya nadie supo nada más de él. Yo, como casi todos mis compañeros, me exilié en Europa y volví recién en el año 90. Pasé un año de festejos y amigos.

En el 92 viajé a Salto y no logré encontrar un solo hombre que me diera datos de Bernardez. Casi todos los bares y quilombos habían desaparecido o cambiado de dueño. Otra vez, de regreso a Montevideo, seguí recordando en ocasiones a aquel destacado cantor de tangos que no tendría más de cuarenta en aquella época.

Recién en el 99 pisé Salto nuevamente y volví a preguntar por Bernardez. Esta vez un hombre flaco y de bigote entrecano no solo lo recordó, sino que me contó que vivía muy cerca de su barrio. El hombre (se llamaba Milton Scarrone y me pidió que lo recordara en este relato), me llevó, al otro día, hasta aquel rancho y me contó la segunda parte de esta historia.
Bernardez había regresado por su hermano. Había rescatado, en aquel tiempo, a su hermano y lo mantuvo como pudo sin pedirle nada a cambio. El alcohol y las deudas los fueron enterrando cada vez más en la pobreza, hasta que terminaron ambos en aquel rancho entre el tacuaral y los gatos.

Ahora, su hermano hacía un tiempo que había muerto. Y aunque los gurises lo veían como un loco y le tiraban piedras al rancho a la salida del liceo o cohetes a fin de año, Bernardez solía hablar con los vecinos, pedir de vez en cuando un bidón con agua o simplemente estarse en el portón herrumbrado al frente. Aquel hombre me contó que también se lo veía a veces caminando por las calles cercanas al centro, las alpargatas deshilachadas, un saco mugriento, las manos en los bolsillos, silbando tangos.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Gustavo Espinosa, Las arañas de marte


Interesante, podría decirse de este libro, pero no en el sentido despectivo que muchos críticos utilizarían para referirse a una obra de la cual no podrían o no quisieran decir nada más. Sin embargo, de esta nueva apuesta narrativa de Espinosa se puede decir mucho.
El resumen de la contratapa advierte que Carlota podrida (Hum, 2009) no le hará sombra a esta novela. Por supuesto que no, porque compararlas sería un acto descuidado e inútil.
Si bien Espinosa se mantiene en su estilo (y vale aquí recordar la frase de Buffon: «el estilo es el hombre») el libro es otro, el propósito es otro. Carlota podrida parece ahora, visto en retrospectiva, una novela de provocación que, por supuesto, no se queda solo en esto; «revitalizante del campo literario uruguayo que parece inclinar, ya fastidiosamente, la balanza hacia el lado de la novela histórica.1», decíamos, a propósito de este libro. Las arañas de marte, sin embargo, delata un narrador que puede ser más sobrio, menos provocador en cuanto a lenguaje y metalenguaje, narrativa y metanarrativa, e incluso en cuanto a la historia elegida. Esta vez no hay secuestros absurdos o monólogos casi surrealistas, sino una historia, la historia de Quique en Treinta y tres alrededor de los años 70’. Ni más, ni menos.
Serio en sus planteos Espinosa lleva adelante un hilo narrativo que se desenvuelve con absoluta naturalidad, gracias a una prosa cuidada y sin estridencias. Es quizás en su estructura donde podremos encontrarnos más cerca de reconocer al narrador de la obra anterior. Espinosa alterna, sin previo aviso, a lo largo de la novela, versos apócrifos de Román Ríos, un trovero malogrado que, el protagonista reconstruye y reinvindica, en la historia que evoca para que otro escritor la transforme en una novela que deberemos imaginarnos. Un resumen, tal vez innecesario pero coherente dentro de la diégesis, de este procedimiento, se nos ofrece en la página 89 del libro: «Lo que francamente me parece complicado es lo del punto de vista que se te ha ocurrido. Si no me equivoco, se trata de fingir que tu voz es la mía: tu narración pasaría por ser un texto preliminar en el que alguien (yo, podría decirse) te cuenta cosas para que vos escribas una novela. No creo, como decís, que te hayas convertido en un haragán ni que en lo que te ha ido contando haya (así en bruto) literatura suficiente como para justificar que vos actúes solo como una especie de editor muy atrevido del material que te envío. Tampoco dudo de tu habilidad, pero me parece que este artificio, al contrario de lo que pretendés, generaría un efecto de distanciamiento respecto de lo que a esta altura me voy a tener que resignar a llamar personajes y peripecias.»

Libro complejo y de referencias múltiples, Las arañas de marte supone una visión de la dictadura militar uruguaya, una pintura regionalista y un diálogo con muchas obras de la literatura universal, desde Dante a Lenin, por ejemplo, así como también una historia de amor, una crítica a la religión y hasta al arte.
ESPINOSA, Gustavo. Las arañas de marte. HUM, Montevideo, 2011

[publicado en diario El Pueblo, de Salto, 5/02/12]

jueves, 27 de octubre de 2011

"Pelotita" en Revista Inéditos



Con gran placer les dejo a mis dos o tres lectores el link para bajarse el N°1 de la Revista Inéditos, financiada por la Fundación Mario Benedetti. Revista Inéditos
http://www.fundacionmariobenedetti.org/media/uploads/projects/attachments/revista_ineditos.pdf

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Ingrid Tempel, Mueca ante un espejo oscuro


Mueca ante un espejo oscuro es la última obra de la escritora uruguaya Ingrid Tempel. Mezcla de realismo sórdido y literatura fantástica, búsqueda inútil y reconocimiento trágico de la mezquindad del ser humano.

Se trata de una recreación, signada por lo fantástico, de una etapa en la vida de la adolescente Diana Vossius. La novela, además, integra al movimiento del des Quatre Vents, hotel donde debe vivir la protagonista a raíz del trabajo de su padre, las desdichas de otros personajes que convergen en algún punto en la historia de Diana Vossius.

Aunque con un comienzo prometedor, si se logran superar las diez primeras páginas, la novela se vuelve compleja quizás para el común de los lectores. En poco menos de doscientas páginas se presentan resúmenes de vidas, conflictos, traumas y debilidades de algunos seres humanos que, parece ser la intención, rozan prototipos: el del padre desbordado por la responsabilidad paternal (señor Vossius), el jugador y perdedor empedernido (Bertrand), la madre enfermiza y dominante (Frau Grossman), el inescrupuloso (Malhuret) y, entre algunos más, la adolescente que se prepara para la vida, infelizmente esta vida.

El exceso de elementos simbólicos, o el diálogo constante con otras obras, así como una estructura en la trama que, al comienzo, no resulta fácil de desentrañar podría desalentar al lector desatento, es decir, aquel que lee mientras viaja en ómnibus o se ve impedido de tener algunas horas para una lectura atenta, si no completa, al menos importante de la novela.

En cuanto a los elementos simbólicos, los espejos y su reproducción acaso caprichosa de la realidad, juegan un papel fundamental en el relato. Diana sólo es sincera cuando se enfrenta a Nadia, su doble en el espejo, que, engañosamente inocente al comienzo, la espera con su “mueca de reprobación que insiste en quedar flotando como la sonrisa del gato de Cheshire”. Esta adolescente hija de Vossius, Diana (diosa virgen de la caza y protectora de la naturaleza en la mitología romana, su nombre, de origen latino, refiere a la claridad que esta posee, que proviene de su naturaleza celestial), juega a ser Alicia a través del espejo y se encuentra cada vez con un alter ego más corpóreo que ella misma y más poderoso.

Por último, la figura femenina materna se impone como un tópico constante, ya como una notable ausencia, ya como una presencia fatal, casi demoníaca. Quizás, los mejores ejemplos de esto se encuentran en el capítulo 6, “La sonrisa de mi enemiga”.

Con una ilustración de portada de Sandro Boticelli muy acertada y sugerente y una edición muy cuidada Mueca ante un espejo oscuro, de Ingrid Tempel, apareció en el mes de abril de 2010 en Uruguay bajo la responsabilidad editorial de Estuario.