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domingo, 6 de abril de 2014

Mario Levrero para armar. Jorge Varlotta y el libertinaje imaginativo, de Jesús Montoya Juárez

LEVRERO«Jorge Mario Varlotta Levrero (1940-2004) murió a los sesenta y cuatro años de edad víctima de un aneurisma de aorta roto el 30 de agosto de 2004. Hasta su muerte, este maestro uruguayo del fantástico literario y la autoficción lo fue también de diferentes talleres de narrativa, alguno de ellos virtual, lo cual le permitió un contacto directo con generaciones recientes de escritores que lo consideraron una referencia fundamental y una influencia capital en sus estéticas.»
Así comienza su recorrido, el investigador Jesús Montoya Juárez, no solo por la vida y la obra del cada vez más y mejor leído Mario Levrero, sino también por su época, sus amistades más influyentes, tal el caso del pintor José Luis “Tola” Invernizzi, y hasta las posteriores generaciones de escritores marcadas por aquel creador fundamental. Uno de los ejemplos quizá más notables es el de Felipe Polleri que, entre otras cuestiones más técnicas y literarias, replica, hoy día, la postura introvertida y hasta un poco antisocial que ostentó el escritor de la Trilogía involuntaria.
Muchas conclusiones se desprenden del trabajo de Montoya Juárez, una de las más importantes es que la obra de Mario Levrero aún está por conocerse y no ha sido lo suficientemente estudiada aunque, a juzgar por la producción reciente que ha comenzado a surgir de parte de investigadores, esto comienza a revertirse y, un escritor que fue por un buen tiempo un border, se está convirtiendo paulatinamente en canónico y con razón.
Respecto a esto, podríamos decir que puede envidiarse a los que no la han leído pues tendrán el placer de descubrir a un autor que sorprende y atrapa a lo largo de toda su obra.
Por último, este Mario Levrero para armar, es un aporte que supone una invitación a futuras investigaciones y miradas.
Se propone que hay un antes y un después de Levrero y, en este trabajo ensayístico, Jesús Montoya Juárez, intenta desentrañar algunos de los mecanismos que hacen posible esa narrativa que lo ubica dentro de los grandes exponentes de la literatura uruguaya.
Montoya Juárez, Jesús. Mario Levrero para armar. Jorge Varlotta y el libertinaje imaginativo. Ed. Trilce, Montevideo, 2013.
Nota publicada en Diario El Pueblo de Salto, el día 3 de abril de 2014, en http://www.diarioelpueblo.com.uy/culturales/mario-levrero-para-armar-jorge-varlotta-y-el-libertinaje-imaginativo-de-jesus-montoya-juarez.html

viernes, 16 de agosto de 2013

El jorobado de las alas enormes, de Horacio Cavallo.




Literatura infantil o Literatura, esa es la cuestión.

—¿Les han cortado la cabeza?  ­—gritó la Reina.
—¡No ha quedado ni rastro, con la venia de Su Majestad! —gritaron como respuesta los soldados.
Lewis Carrol

El título de la obra en cuestión puede recordarnos rápidamente un relato ejemplar del maestro García Márquez, incluso también pueden hacerlo un par de elementos importantes en el libro, como ese circo ambulante con un ser despiadado que explota a sus empleados hasta que caen exhaustos. Pero la relación más cercana puede darse por el lado de la imaginación porque esta breve novela infantil, o juvenil (la catalogación la exige quizás más el mercado que este lector), es en gran medida un desborde de esta, sin que se vea afectado el eje de la historia. Al fin y al cabo, la literatura infantil rara vez se escribe como tal, son los niños los que la aceptan o rechazan, recordando y repitiendo algunos libros y olvidando otros. No podemos olvidar que se han ido incorporando al acervo de esta literatura (sin dejar de ser parte de la “otra”), obras que no suponían ni remotamente este destino, podríamos citar solo a modo de ejemplo, desde el Panchatantra (India, siglo VI) hasta Los viajes de Gulliver (Jonathan Swift, 1726).
Pero volvamos al libro de Cavallo, el disparador es común, un abuelo recrea o inventa historias para su nieto cada noche. Pero a este suceso lo precede la historia de ese nieto que ha sido enviado al campo de sus abuelos pues su madre está peligrosamente enferma, sin mayores aclaraciones sobre su condición. De este modo Cavallo entronca una temática seria y dramática, la sugerida posibilidad de una pérdida, con la simpática historia de su abuelo y Piccato, el alado poeta jorobado, en busca de una cautiva Ludmila, la bailarina con la pata de palo. La historia va acompañada además de ilustraciones muy sobrias a cargo de Pantana (Sebastián Pantana), que encabezan cada uno de los dieciocho capítulos de la nouvelle.
Valores éticos y estéticos puede exigírsele, tal vez, a la buena literatura infantil, aunque no siempre se logre equilibrarlos. En este sentido, es probable que el lector atento encuentre mucho más de lo segundo en esta obra pues, en ochenta y seis páginas, el multipremiado Horacio Cavallo (Primer premio en el Concurso Anual de Literatura del MEC, 2006, Premio Municipal, 2007, Fondos Concursables, 2009 y 2011), parece ratificar ante todo su condición de poeta. Aunque, como todo buen poeta puede, de vez en cuando, darse unos lujos y este es, quizás, uno de ellos.
CAVALLO, Horacio. El jorobado de las alas enormes. Trilce, Montevideo, 2012. (Publicado en diario El Pueblo, de Salto, jueves 8 de agosto de 2013)

jueves, 21 de febrero de 2013

Vacío, nombre de una carne, de Eduardo Milán

En el principio fue el título.
¿Qué nos ofrece Milán? ¿Una disyuntiva antipoética entre el ser y la nada, un corte de carne profundamente material y mal necesario contra ese vacío que de solo evocarlo llena de significados, una broma metafísica?

No. Milán nos ofrece una baja factura poética sumada a una ausencia (¿premeditada?) de contenido. La lectura de este libro se vuelve tediosa después del descubrimiento de un mecanismo de antipoesía demasiado complicado, no complejo sino complicado. Muchos poemas parecen ejercicios donde se llega a ser complejo a fuer de oscuro sin lograr nunca, o casi nunca, al menos una tenue comunicación. Es tan difícil establecer algún vínculo, alguna empatía con versos como:

«también el poema debe ser liberado

liberado del pozo de sí mismo

al que cae asomado al asombro

de verse

 

cualquier poema, liberado

Faray un vers de dreyt nien

Paterson, So much depends

Perch’i’ no spero di tornar giammai

ballatetta

In Toscana

Antipoemas, Cantares, Trilce

 

nada menos feliz que un sin afecto

sin, otra vez, el amparo natural

bañados, el crepúsculo al fin rojo

el cuerpo inmediato del amor

nada más que un poema infeliz

[…]» (pág. 15)

 

A excepción de la primera estrofa todo lo demás parece corresponder a un desaire que propiciara Borges, hace ya unos cuantos años, con respecto a una innovación que ya había dejado de ser tal, «Una de las coqueterías literarias de nuestro tiempo es la metódica y ansiosa elaboración de obras de apariencia caótica. Simular el desorden, construir difícilmente un caos, usar la inteligencia para obtener los efectos de la casualidad…» (De la Vida Literaria).

Sabemos que este libro de Milán estuvo dentro de los ternados, en la feria del libro, por la Cámara Uruguaya del Libro y que el mismo autor ha construido una sólida reputación de poeta con sus entregas anteriores pero, de todas formas, esta sigue pereciéndonos de difícil acceso y tediosa lectura. Quizás el poema de más sostenido aliento sea el de la página 77, cuyo comienzo sin rebusques ni ornamentos marca el tono elevado, dentro de una acordada antipoesía, que rige los versos hasta el final y que lo convierte en una pieza de consistente reciedumbre poética que, a su vez, parece establecer un digno juego de espejos donde el propio autor se autocuestiona:

«yo sé que vos sos Nicanor Parra

pero vos no sos Nicanor Parra, loco»

 
Se hace difícil decir más y, tal vez, no sea necesario, para muestra basta un botón.

(MILAN, Eduardo. Vacío, nombre de una carne. HUM, Montevideo, 2010)

sábado, 22 de diciembre de 2012

Zafarrancho [no tan] solo, de Cristina Carneiro


De vez en cuando conviene detenerse, mirar hacia atrás, pero no hacia ese atrás que te señalan algunos, sino hacia donde pocos se dirigen. De vez en cuando, se encuentran cosas que estaban olvidadas o esperando nuevas visiones. Quizás, al menos para mí, el libro Zafarrancho solo, de Cristina Carneiro pueda ser un ejemplo de esto.

Hace cuatro años, entre los libros “rescatados” por la editoral Yaugurú, apareció en las librerías Zafarrancho solo, con una nota de su editor, Gustavo Wojciechowski, pero, de todas formas, su autora parece seguir siendo, sin merecerlo, una ilustre desconocida.

Breve historia. Este libro, según se hace constar en su primera edición, ganó el primer premio en la 7a. Feria Nacional de Libros y Grabados, con un jurado integrado por Ida Vitale, José Carlos Álvarez y Washington Benavidez. Esta feria, llevada adelante por Nancy Bacelo y cuyos antecedentes datan de 1958, supuso un importante impulso de difusión a partir de 1961, fecha en la que se comienza a entregar Premios. Es así que, el premio y la edición de diciembre de 1967, le corresponde a esa joven montevideana de 19 años que era Cristina Carneiro (31/10/1948). La pequeña historia de este libro continúa porque, hacia 1969, se publica una segunda edición que pocos consignan, idéntica en cuanto a su contenido y arte de tapa, pero con una reducción en lo que respecta al formato. De un libro de 14,5 por 19,5 centímetros, se pasa a uno de 13 por 16,5. Desde ese momento, hasta esta 3a edición de Yaugurú, «esa mezcla de estallido y silencio convirtió a Zafarrancho solo en un libro de culto, inencontrable desde hace años», según comenta Roberto Apratto (“Poesía de Garet y Carneiro. Al rescate”, en El País Cultural, 31/1/09). Tal como sucede con algunos escritores particulares, salvando distancias podríamos pensar en Edgar Lee Master, el caso de Carneiro es de esos que quedan prendidos al nombre de un libro. Puedo imaginar que, en 1975, tras la aparición de su segundo título, Libro de imprecaciones, más de un lector sintió que ya estaba leyendo a otra poeta, casi completamente diferente.

¿Qué tiene Zafarrancho solo?

Zafarrancho solo tiene, como lo dicen sus subtítulos: de todo, desamparo, chifladuras, y chau. Cabe preguntarse si es, realmente, haciendo honor a su título, un ordenamiento de la embarcación (la autora se entreveía partiendo hacia el mar de la poesía: «salimos en expedición tunante/ de tres carabelas hipocampas»), o, siguiendo otra de las acepciones del término “zafarrancho”, nada más que relajo, en el sentido más criollo de la palabra. Lo que no deja lugar a dudas es la condición de soledad implicada en este título. Soledad que se resuelve muchas veces a lo largo de la obra a través de la acumulación de elementos, de algún «catálogo del asombro» que la poeta despliega pero que, muchas veces, como dice Joaquín Sabina: «calla más de lo que dice/ pero dice la verdad». Impronta poética esta, la del catálogo, que luego, entre 1992 y 2003, retomaría Aldo Mazzucchelli, para abrir su libro Wysiwyg, de 2004.

¿Qué dice Zafarrancho solo?

En este libro Carneiro se nos presenta como una poeta que trasunta vitalidad, ganas de ver a lo niño, de entender el mundo desde la sencilla construción arbitraria de las relaciones que tienen entre sí las cosas. Poeta juguetona del verso y sus aspectos fónicos, poco casual, más bien muy seria en sus picardías infantiles cuando comprueba que un gato puede aparecérsenos «agazapado/ (o agatapado, o agazarpado, o agatado,/ o simplemente gato, no me interrumpas.)».

En más de una ocasión el encuentro entre el juego y la poesía se logra cuando la poeta parece forzar la resemantización de los sustantivos, en un trabajo continuo de aposición, eliminando, muchas veces la dificultad de la adjetivación, «de vez en cuando tengo un miedo golondrina», «tengo un miedo sanbernardo», «un miedo mermelada».

En gran medida, este libro, encarna un ideal de voz poética vital, joven, entusiasta, desinhibida. Recomendable absolutamente para aquellos lectores ávidos de voces que toman la poesía como un trabajo de construcción, pero también, y quizás muy especialmente, para los que comienzan a escribir y buscan sondear hasta qué punto puede ser flexible el lenguaje y cómo, a través de determinados mecanismos, pueden lograrse verdaderas obras de arte.

Carneiro se encuentra radicada, desde hace muchos años, en Inglaterra y, según pude averiguar, planea, hace ya otros tantos, la edición de su tercer poemario que (agradable noticia), saldría en Uruguay.

 

sábado, 15 de septiembre de 2012

Entretejido, de Álvaro Zunini





Por fin alguien que trabaja. Es lo mínimo que se le podría pedir a un artista que, tras ser aceptada su obra, recibe aproximadamente treinta mil pesos, y más también, del MEC (Ministerio de Educación y Cultura), por exponer en el EAC (Espacio de Arte Contemporáneo).
El 16 de agosto se inauguró la T8 (Temporada ocho) en el EAC con una muestra, entre otras, del salteño Álvaro Zunini (1977). La primera impresión al entrar a la sala 1 (casualmente la que albergó también aquel trabajo de Federico Aranu, Retro O, que comentáramos, en su momento, para la revista salteña La Piedra Alta, número 6, julio de 2011), es la de sorpresa por estar este desencantado espectador habituado ya a encontrase papeles recortados, video instalaciones donde se presenta algunos sonidos y colores y, en ocasiones, diez kilos de caramelos en un rincón de la celda, adaptada ahora como sala. La sorpresa fue grata entonces al chocarnos con una obra donde se exibe trabajo, ideas nuevas, tanto por la técnica como por la propuesta presentada.
Zunini nos presenta cinco cuadros de gran tamaño elaborados a partir de una técnica de repostería. A modo de explicación reproduzco un fragmento del texto curatorial de Fernando Sicco (director del EAC) del folleto informativo del Espacio: «Todo empezó con un torta de cumpleaños en el refrigerador. Al ver una palabra escrita encima, Álvaro Zunini pensó que podía usar una manga para aplicar óleo y obtener un dibujo a relieve.» El resultado, imágenes donde se aprecia la capacidad para el dibujo del artista, un tejido que sugiere la unión de esas figuras –su perra, un árbol arrastrado por el viento, dos cuerpos dentro de una piscina de las termas–, y un relieve que impacta, que implica de alguna forma al espectador pues parece que esos dibujos se trasladan al ámbito del que los observa. En gran medida se podría decir que son obras que tienen vida propia, prescinden (no como la gran mayoría que comparte el Espacio), del texto curatorial, de la explicación, de la fundamentación tan, o más, importante para casi todo el resto del llamado arte contemporáneo.
Una aclaración final, y casi a modo de nota al pie, se impone: llama la atención la similitud del árbol que nos presenta Zunini, cuadro que, además, encabeza la página donde se presenta al autor y su obra en el folleto del EAC, con el logo de una marca de vinos argentina Ventus. De todas formas, ideas mediante o no, el logro de Zunini es de calidad.

(La T8 permanecerá hasta el 4 de noviembre)
 
Publicado en Diario El Pueblo, de Salto, 06/09/12

martes, 3 de julio de 2012

Flores de Baldío, de José Fonseca (narrativa)


Flores de Baldío, Trilce, noviembre de 2011, representa la segunda aparición literaria de José Fonseca, la primera fue Sucios (novela), Primer Premio en Narrativa de la Intendencia Municipal de Montevideo, edición 2009, publicada luego por Trilce.
Esta vez, Fonseca, se decide por el cuento, con un total de 23. En general relatos breves y de temática suburbial, de orilla o margen que casi nunca es apacible. Si algo se destaca de este libro es la capacidad de girar en torno a distintos personajes que, a fuerza de convivir en un mismo ambiente, se convierten casi en uno solo. No se llega al estereotipo de la prostituta, pero se presentan algunas que, de forma tácita, se vuelven una sola. Tampoco se construye (en el mismo sentido tipológico) un ladrón o un macró, o un casal de niños abandonados por sus padres, pero la repetición de estos personajes los uniformiza, los vuelve uno en ese barro de baldío que parece conformar la materia prima con la cual el escritor trabaja.
Del estilo puede decirse que se nota el trabajo, el intento de reproducir algunos sociolectos que discriminan, es decir que marcan diferencias. Además del marcado interés por reproducir un lenguaje, una forma de hablar, hallamos atisbos de poesía, como esta imagen de la luna que cierra el cuento cuya protagonista, una prostituta que, aunque vaticinando con sus miedos alguna calamidad, ha tenido que dejar a sus hijos solos en la casa para conseguir el sustento: «“Ta”, dice el tipo y la suelta de golpe. Ella levanta la cabeza y ve la luna en el fondo de la calle, a una cuarta del piso, ocupando el centro del vidrio trasero del auto. Tiene sombras verdes y naranjas, y parece una cometa colgada de un cable.» (“Luna llena”), o el inicio del cuento que cierra el libro: «Al final anoche murió María. Se apagó sin que nadie lo notara, como un reloj que se queda sin cuerda.» (“La vieja María). Sin patetismo, sin falsas ambigüedades que intenten connotar algo más que no sea violencia y cruda realidad, estos relatos pueden conmover por la veracidad del argumento, aunque no más que eso.
Por último, vale decir que Fonseca logra reproducir un topos, un continente de objeto, a través del objeto. Algo así como recrear el lugar a través de los personajes que lo ocupan y no partiendo de la descripción. Esto es, si se quiere, un logro importante.
FONSECA, José. Flores de baldío. Montevideo, Trilce, 2011.

[Publicado en Diario El Pueblo, de Salto, 1/07/12 ]

jueves, 15 de marzo de 2012

El frasco azul, de Washington “Bocha” Benavides

El Maestro no necesita mayores presentaciones. Por eso (por si acaso algún desprevenido), nos remitimos a citar el primer párrafo que encontramos en la solapa de su último libro: «(Tacuarembó, Uruguay, 1930), es uno de los más prestigiosos intelectuales uruguayos. Premio Morosoli de Plata por su labor literaria (Fundación Lolita Rubial, 2003); Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Montevideo (Junta Departamental de Montevideo, 2004); recibió –del Parlamento Cultural del Mer.Co.Sur, junto a Mario Benedetti– el Diploma de Honor por el aporte a la cultura (2005). »
¿Qué son los frascos azules? Utilizamos el plural porque si bien existe un primer frasco (texto) que se presenta como el abanderado sobre los siguientes, el de «vientre azul […] que me llenaba de miedo pero, a la vez, me hechizaba» (pág. 9), este se convierte en la caja de Pandora que enceguece al gurí evocado por el poeta, y hace olvidar todo lo demás, así como lo harán luego con el muchacho, en un juego de extrapolación que va más allá de lo literario, las obras de Borges, esos «tomos grises» (pág.10). Entonces, los frascos azules son una alucinación consciente, un viaje hacia ese asombro de las cosas que «nos sirven como tácitos esclavos, /ciegas y extrañamente sigilosas!» (Borges, “Las cosas”, 1969), o son cosas que solo existen como realidad poética para ser “revueltas”, al decir de Valera sobre Darío «Usted lo ha revuelto todo.», comenta el español sobre el libro Azul del nicaragüense, en una cita que recuerda John Filiberto, que lo llevará también a recordar: «el motivo de la “flor azul” en Enrique de Ofterdingen (1802) de Novalis, la flor azul traída del sueño en Coleridge y aún en el Simbolismo, “El pájaro azul” (1908) de Maeterlinck.» y por qué no, agregamos, los “Tigres azules” que aparecen en las páginas de La memoria de Shakespeare, de un Borges de 1983.
Benavides pone de manifiesto en El frasco azul un lenguaje sencillo, oportuno para la evocación y naturalmente poético que dice sin vueltas lo que debe decir para arribar al fin último, la belleza; belleza bordada con hilos de una gran erudición que pueden llevar a muchos lectores a pasarse horas buscando referencias que se hacen con la misma sencillez con la que el profesor Benavídez mantiene cautivos a sus estudiantes en Humanidades (y esboza una sonrisa cuasi cómplice porque sabe que más de uno saldrá disparado hacia la biblioteca a buscarlas).
Por su cuidado la edición es perfecta, casi podríamos asegurar que valdrá también como objeto de colección pues, además de presentarse en un tamaño relativamente pequeño (19 x 11,5 cm.), lo que la hace muy cómoda, exhibir en su arte de portada una obra de Pablo Benavídez, hijo de Washington, y gran pintor uruguayo, estamos casi seguros que su primera edición no ha sido muy numerosa, lo que realzará aún más su valor en el futuro para aquellos que la conserven.
BENAVIDES, Washington. El frasco azul. Montevideo, ediciones abrelabios, 2011
PD: caro profesor, mi edición de las Obras Completas de Borges ostenta, bajo unas cubiertas amarillas, tapas azules.

martes, 28 de febrero de 2012

Mujeres sin marido. Ficción, género y cultura.


De Hilia Moreira.

En sus libros, la doctora Hilia Moreira, define la semiótica como «un lugar desde el cual se estudia el universo, considerándolo como multiplicidad de lenguajes.» 1 (1994: 9); vale esta última aclaración pues algún desprevenido podría llegar a considerar a la semiótica como una especie de proyecto espacial. De todas formas es un proyecto, un proyecto que nace con los estudios más contemporáneos de los signos que realizaran, casi al mismo tiempo pero desde diferentes especialidades, Ferdinand de Saussure y Charles S. Pierce. El primero, interesado en el lenguaje a partir del cual elaboraría su teoría de los signos lingüísticos, el segundo, desde la pragmática, tratando de entender el signo como una entidad naturalista, que se conforma dentro de la mente de cada individuo. Así, Pierce, se acercaba más a pensar el mundo como una gran construcción de signos. La obra de Moreira, por su parte, parece entroncarse con la rama que desplegó, originalmente Roland Barthes (proyectando un estructuralismo Saussureano) que, como crítico de la cultura, aunó en su legado las perspectivas de un pensamiento más subjetivo e, incluso, con tintes psicológicos2. Línea que luego desarrolló una de las referentes de nuestra autora, Julia Kristeva, a quien, Moreira, homenajea en su capítulo final, junto al también semiólogo, profesor y poeta uruguayo Jorge Medina Vidal que introdujo tempranamente a través de sus cátedras en Humanidades nociones de la pensadora franco-búlgara.

Mujeres sin marido no es la reivindicación de la soledad femenina, ni mucho menos, sino una visión de la mujer en relación con la sociedad, una mujer que se mueve en un universo de signos, los interpreta, los reproduce y los interpela, configurando, algunas veces, nuevos parámetros de significados. Así, leemos en la página 23:

«Este libro aparenta centrarse en las mujeres. Pero su foco encubierto es el género masculino. Al recorrer su destino, las damas que aquí figuran suelen ir acompañadas por un hermano, un padre o un amante. A veces, por un esposo. Esos hombres las incitan a educarse, respetan su trabajo, las defienden y hasta lloran públicamente por ellas. De ese modo muestran que, en diversas épocas y culturas, el modelo masculino convencional tiene sus fisuras.»

Moreira, analiza para llegar a estas conclusiones múltiples elementos significantes, desde la literatura hasta las publicidades que recubren la ciudad.

De esta forma, Mujeres sin marido se convierte en una referencia amena, con capítulos breves y contundentes a los que sus lectores ya están acostumbrados desde sus trabajos anteriores. La amplitud conceptual de la autora permite al lector salir del libro enriquecido y un poco más predispuesto a encarar el “universo” desde otras perspectivas, realizando diferentes lecturas de una realidad que (en ocasiones y casi siempre por pereza mental o por malintencionadas necesidades de un público no pensante), puede parecernos uniforme, sencilla de entender o explicar si mantenemos (a riesgo de petrificar nuestra inteligencia), tal o cual postura.

A modo de ejemplo de lo mencionado arriba, el capítulo 8, “La mujer velada en el mundo del marido”, plantea las cuestiones relativas al velo de la mujer en las sociedades islámicas. Es casi predecible la rápida postura que podríamos asumir los lectores más “occidentalizados” pero, Moreira, enfoca la cuestión también desde otras configuraciones:

«El hijab se vuelve metáfora de la lumbre hogareña y apela, de esa manera, al honor de los varones. Mediante su tapado, la dama está en condiciones de viajar y trabajar sin que nadie la moleste.
Todavía más: el manto femenino significa superioridad social que el Islam atribuye a la mujer. Al ir cubierta, la señora puede observar todo sin ser vista. Por consiguiente, su velo le permite adueñarse de un conocimiento del que carece hasta su propio marido. Al contar con un saber que ha obtenido sigilosamente, la esposa se transforma en asesora de su esposo.» (p. 51-52).

El texto continúa presentando algo que, si mantenemos una única perspectiva, podríamos ver como una paradoja pues se asume que la libertad estética que otorga un velo impide presiones sociales que, en muchos casos, llevan a las mujeres a teñirse el cabello, realizarse tratamientos invasivos o cirugías peligrosas, así como a obsesionarse con la masa corporal.

Con una sencillez, a veces aplastante, nos invita a repensar nuestros propios valores en una época en la que especialmente se ha puesto de moda criticar ciertas ortodoxias ajenas sin ver las abismales asimetrías que, sin considerar, perpetuamos como individuos y como sociedad. Podríamos, para esto, comparar la tasa de muertes por violencia doméstica que contabiliza el Uruguay solo en este año. Vale aclarar que Moreira, no hace juicios de valor sobre una u otra situación (incluso esta última cuestión forma parte de una planteo personal de quien escribe estas líneas), pero se movilizan de tal forma las ideas que es imposible terminar ningún capítulo, sin reacomodar aunque sea mínimamente nuestro pensamiento.

Moreira, Hilia. Mujeres sin marido. Ficción, género y cultura. Montevideo, Trilce, 2012. 152 págs.

Notas:
1 MOREIRA, Hilia. Cuerpo de mujer. Reflexión sobre lo vergonzante. Montevideo, Trilce, 1994.
También puede consultarse: Caricias. Entre la violencia y la ternura. Montevideo, Trilce, 2001.
2 ZECCHETTO, Victorino. Seis semiólogos en busca de un autor. Buenos Aires, La Crujía ediciones, 2008.

[publicado en diario El Pueblo, de Salto, 26/02/12 http://www.diarioelpueblo.com.uy/titulares/mujeres-sin-marido-ficcion-genero-y-cultura-de-hilia-moreira.html]

lunes, 19 de diciembre de 2011

Gustavo Espinosa, Las arañas de marte


Interesante, podría decirse de este libro, pero no en el sentido despectivo que muchos críticos utilizarían para referirse a una obra de la cual no podrían o no quisieran decir nada más. Sin embargo, de esta nueva apuesta narrativa de Espinosa se puede decir mucho.
El resumen de la contratapa advierte que Carlota podrida (Hum, 2009) no le hará sombra a esta novela. Por supuesto que no, porque compararlas sería un acto descuidado e inútil.
Si bien Espinosa se mantiene en su estilo (y vale aquí recordar la frase de Buffon: «el estilo es el hombre») el libro es otro, el propósito es otro. Carlota podrida parece ahora, visto en retrospectiva, una novela de provocación que, por supuesto, no se queda solo en esto; «revitalizante del campo literario uruguayo que parece inclinar, ya fastidiosamente, la balanza hacia el lado de la novela histórica.1», decíamos, a propósito de este libro. Las arañas de marte, sin embargo, delata un narrador que puede ser más sobrio, menos provocador en cuanto a lenguaje y metalenguaje, narrativa y metanarrativa, e incluso en cuanto a la historia elegida. Esta vez no hay secuestros absurdos o monólogos casi surrealistas, sino una historia, la historia de Quique en Treinta y tres alrededor de los años 70’. Ni más, ni menos.
Serio en sus planteos Espinosa lleva adelante un hilo narrativo que se desenvuelve con absoluta naturalidad, gracias a una prosa cuidada y sin estridencias. Es quizás en su estructura donde podremos encontrarnos más cerca de reconocer al narrador de la obra anterior. Espinosa alterna, sin previo aviso, a lo largo de la novela, versos apócrifos de Román Ríos, un trovero malogrado que, el protagonista reconstruye y reinvindica, en la historia que evoca para que otro escritor la transforme en una novela que deberemos imaginarnos. Un resumen, tal vez innecesario pero coherente dentro de la diégesis, de este procedimiento, se nos ofrece en la página 89 del libro: «Lo que francamente me parece complicado es lo del punto de vista que se te ha ocurrido. Si no me equivoco, se trata de fingir que tu voz es la mía: tu narración pasaría por ser un texto preliminar en el que alguien (yo, podría decirse) te cuenta cosas para que vos escribas una novela. No creo, como decís, que te hayas convertido en un haragán ni que en lo que te ha ido contando haya (así en bruto) literatura suficiente como para justificar que vos actúes solo como una especie de editor muy atrevido del material que te envío. Tampoco dudo de tu habilidad, pero me parece que este artificio, al contrario de lo que pretendés, generaría un efecto de distanciamiento respecto de lo que a esta altura me voy a tener que resignar a llamar personajes y peripecias.»

Libro complejo y de referencias múltiples, Las arañas de marte supone una visión de la dictadura militar uruguaya, una pintura regionalista y un diálogo con muchas obras de la literatura universal, desde Dante a Lenin, por ejemplo, así como también una historia de amor, una crítica a la religión y hasta al arte.
ESPINOSA, Gustavo. Las arañas de marte. HUM, Montevideo, 2011

[publicado en diario El Pueblo, de Salto, 5/02/12]

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Ingrid Tempel, Mueca ante un espejo oscuro


Mueca ante un espejo oscuro es la última obra de la escritora uruguaya Ingrid Tempel. Mezcla de realismo sórdido y literatura fantástica, búsqueda inútil y reconocimiento trágico de la mezquindad del ser humano.

Se trata de una recreación, signada por lo fantástico, de una etapa en la vida de la adolescente Diana Vossius. La novela, además, integra al movimiento del des Quatre Vents, hotel donde debe vivir la protagonista a raíz del trabajo de su padre, las desdichas de otros personajes que convergen en algún punto en la historia de Diana Vossius.

Aunque con un comienzo prometedor, si se logran superar las diez primeras páginas, la novela se vuelve compleja quizás para el común de los lectores. En poco menos de doscientas páginas se presentan resúmenes de vidas, conflictos, traumas y debilidades de algunos seres humanos que, parece ser la intención, rozan prototipos: el del padre desbordado por la responsabilidad paternal (señor Vossius), el jugador y perdedor empedernido (Bertrand), la madre enfermiza y dominante (Frau Grossman), el inescrupuloso (Malhuret) y, entre algunos más, la adolescente que se prepara para la vida, infelizmente esta vida.

El exceso de elementos simbólicos, o el diálogo constante con otras obras, así como una estructura en la trama que, al comienzo, no resulta fácil de desentrañar podría desalentar al lector desatento, es decir, aquel que lee mientras viaja en ómnibus o se ve impedido de tener algunas horas para una lectura atenta, si no completa, al menos importante de la novela.

En cuanto a los elementos simbólicos, los espejos y su reproducción acaso caprichosa de la realidad, juegan un papel fundamental en el relato. Diana sólo es sincera cuando se enfrenta a Nadia, su doble en el espejo, que, engañosamente inocente al comienzo, la espera con su “mueca de reprobación que insiste en quedar flotando como la sonrisa del gato de Cheshire”. Esta adolescente hija de Vossius, Diana (diosa virgen de la caza y protectora de la naturaleza en la mitología romana, su nombre, de origen latino, refiere a la claridad que esta posee, que proviene de su naturaleza celestial), juega a ser Alicia a través del espejo y se encuentra cada vez con un alter ego más corpóreo que ella misma y más poderoso.

Por último, la figura femenina materna se impone como un tópico constante, ya como una notable ausencia, ya como una presencia fatal, casi demoníaca. Quizás, los mejores ejemplos de esto se encuentran en el capítulo 6, “La sonrisa de mi enemiga”.

Con una ilustración de portada de Sandro Boticelli muy acertada y sugerente y una edición muy cuidada Mueca ante un espejo oscuro, de Ingrid Tempel, apareció en el mes de abril de 2010 en Uruguay bajo la responsabilidad editorial de Estuario.

El increíble Springer, una posible historia fantástica.



El increíble Springer fue el libro ganador del XVI Premio Nacional de Narrativa “Narradores de la Banda Oriental”. Su autor, Damián González Bertolino, contaba ya con una mención de honor en el X Premio Nacional de Narrativa por su libro Historia de la agresión. Estos son logros nada despreciables para un escritor de treinta años.


Conformado por dos, el libro se inicia con el mejor relato, aquel que la da nombre. La historia de Gastón Springer es, a su vez, la historia de su pequeño amigo, el simpático narrador-protagonista del relato que, de un momento a otro, se ve enfrentado a la trasformación de aquel en un gigante, un niño desproporcionado que en el fondo sigue siendo casi el mismo del comienzo.

Presentada en un estilo que hace fluida la narración y bajo una bien trabajada técnica, la historia de estos niños que empiezan a asomarse a la adolescencia viviendo en las playas que rodean Punta del Este en el año 1957 se vuelve entretenida y acapara la atención.

En esencia esta podría ser una historia fantástica, pero cabe dudar también del punto de vista narrativo, un niño siempre verá las cosas desde una perspectiva muy iluminada por las impresiones y la fantasía. La ambigüedad con la que puede leerse la transformación de Gastón Springer en el Increíble Springer beneficia mucho la calidad del relato al que el lector se enfrenta.

Con una buena dosis de incertidumbres, datos que se van dosificando lentamente, al final, puede decirse que poco importa el final. Esta característica la comparten ambos relatos del libro.

“Threesomes” está quizás menos cargado de fantasía, pero no exento de imaginación. La recreación de una historia que cuente con una cancha de golf como escenario principal es, al menos dentro de la literatura uruguaya, poco usual.

Ese trío de jugadoras que avanzan por la tarde dando, aparentemente, indiferentes golpes disparan un número mayor de historias en comparación con el relato anterior lo que permite leer este relato de forma más cercana a como puede leerse una novela.

El narrador no se aleja del punto de vista de dos personajes, la Sra. Hahn y el caddie de la Sra. Etchegoyen, pero, en ocasiones, irrumpe una voz irracional que puede, eventualmente, hacer regresar algunas páginas al lector que comience a realizar una lectura desatenta.

Soledad Platero resume parte de la esencia del relato en su prólogo: “El campo de golf es un espacio ordenado y silencioso en el que, además, algunas veces ocurren milagros inexplicables. Milagros menores, tal vez, pero en una vida miserable, un milagro menor aumenta su estatura.”

Por último, puede que no sea demasiado aventurado decir que, en esta historia, se percibe cierto acercamiento del autor con una literatura alejada de los moldes rioplatenses, más cercana quizás a la norteamericana, ya sea por la extensión o por el uso del lenguaje, aunque estas interpretaciones son posibles que nada le hacen a la validez de un relato que se sostiene muy bien por sí mismo.

Damián González Bertolino, como lo consigna la contratapa de la edición de Banda Oriental, nació en Punta de Este en 1980. Es docente de Literatura y ejerce en la ciudad de Maldonado. Ha colaborado con diversas revistas del Uruguay y anuncia la próxima edición de la novela El fondo por la editorial Amuleto.

martes, 13 de septiembre de 2011

Selva Casal, En este lugar maravilloso vive la tristeza y se hace poesía.



Editado por Estuario, en un libro de 57 páginas, Selva Casal encuentra y nos reencuentra con la poesía. Una sencilla, y a la vez ejemplar, muestra de talento creativo y manejo del lenguaje poético.

No buscar lo artificialmente elaborado sino la sencillez de lo natural como «cuando de madrugada me levanto a comer naranjas / y te convoco a ti solo a ti» (“Por no encontrar las llaves”), tal es uno de los fines que se logran en este libre, esto, y el de no dejarnos igual a como nos hallábamos al empezarlo.

Haber escuchado, la tarde noche del 12 de abril de 2011, la voz de Selva Casal reconstruyendo de memoria las delicadas piezas que son sus poemas, fue compartir un trago de la bebida de Odín. Leer sus versos es hallar los odres en los que se la guarda.

Poeta mayor, Casal, se regodea en lo maravilloso de la tristeza porque esta es la vida y «porque no sé lo que es morir y apenas lo sospecho» y porque «Todas las cosas que miro toman vida» (“Los últimos ángeles de la tarde” y “Todas las cosas que miro”). Es la poesía de Casal un vaso comunicante con la maravillosa sencillez de la vida abordada desde lo holístico, es decir, sin perder de vista las nubes que, «cuando el resto del cielo era azul», pudieran tomar formas demoníacas, al decir de Poe.

En palabras del poeta Jorge Arbeleche: «Selva puede hablar, y habla y dice del horror de la vida y del horror del amor y del horror de la muerte y del temor, sobre todo porque el miedo está siempre presente, y de la lucha agónica, pero el lugar es maravilloso y eso me parece uno de los aciertos fenomenales de este libro.»

En la solapa del libro podemos leer: Selva Casal nació en Montevideo en 1930. De su obra poética, destacamos: “Días sobre la tierra” (1960), “Poemas 65” (traducido al inglés y publicado en la Poetry Review de la Universidad de Tampa, 1966), “Nadie ninguna soy” (premiado en Argentina y Uruguay en 1983 y 1984), “El infierno es una casa azul” (Premio MEC, 1999), y el ensayo lírico documental “Mi padre Julio J. Casal” (1986). En 2010 la Fundación Lolita Ruibal le otorgó el Premio Morosoli de Poesía.

Por último, debe destacarse la edición exteriormente bella en su formato y presentación, con una ilustración de tapa de la propia autora. Pero es de rigor también reconocer que en más de una ocasión se descuida la ortografía, tales los casos más importantes como los de las páginas 20 y 23. Y quizás también pudiera haberse gastado una hoja más para que los poemas “Casi desconocida casi el viento” y “Los veo”, ya que no parece haber una estricta continuación entre estos, gozaran la independencia y la presencia en la página que tienen los demás poemas. Salvo que la propia autora haya solicitado esto, en tales casos, el capricho del autor es, quizás, más razonable.

CASAL, Selva. En este lugar maravilloso vive la tristeza. Estuario editora, Montevideo, 2011.

Nota publicada en http://www.elboulevard.com.uy/portal/archivo/383-selva-casal-en-este-lugar-maravilloso-vive-la-tristeza-y-se-hace-poesia.html

martes, 28 de diciembre de 2010

Rafael Courtoisie, o la violencia de la poesía.

Relatos que rozan lo ominoso. La sugerencia profunda, la feliz ambigüedad. Rafael Courtoisie, Montevideo, 1958, discute los conflictivos términos de frontera, género y adecuación. Traductor. Autor prolífico de poesía y narrativa. Premiado y distinguido nacional e internacionalmente.


Los Cadáveres exquisitos pueden ser también la felicidad de las palabras. Hay términos, expresiones, que se han consolidado como frases comunes, recurridas, e incluso despojadas totalmente de su significado o sentido original. Tal es el caso de “cadáver exquisito”, frase repetida muchas veces en cuentos, poemas, artículos o canciones. Esta expresión francesa abarca, inicialmente, la idea del conjunto disímil, de la experimentación lúdica, pero deliberadamente seria y teorizada. Fue (quizás pueda seguir siéndolo), al decir de Max Ernst, un “barómetro” entre la vendaval de intelectualidades de su época. Y, precisamente este libro de Courtoisie, parece ser una especie de medición post-vanguardista que anticipa algunos avatares del siglo XXI. El ensamble de los relatos, de las ideas que aparecen como relatos, no siempre es evidente. Incluso pueden llegar a confundir algunos tópicos que se precipitan al comienzo del libro: la muerte que asombra y tienta al hombre, la pobreza de espíritu y, arriesgando alguna interpretación más osada, parece exhibirse, en un par de relatos, la sombra, o las consecuencias, de uno de los períodos más oscuros de la historia uruguaya e incluso latinoamericana.

Cadáveres exquisitos, Montevideo, 1995, parece ser un libro de relatos, está escrito en prosa y se lee como un libro de relatos, pero no deben confundir estas sencillas concepciones genéricas. Courtoisie trabaja la poesía y la narración al mismo tiempo, pero no hace aquello que se ha dado en llamar prosa poética. Su prosa, sus historias contienen la poesía en sí mismas, la sonoridad que exige la poesía, pero por sobre todo la sugerencia, lo que queda patente sin la necesidad de ser dicho. Esto puede significar que, para un lector acostumbrado a la narración en el sentido más lato de la palabra, este libro puede ser complejo. Complejo porque no permite, no le beneficia, una lectura apurada, sino que, por el contrario, exige la atención, exige el compromiso de estar dentro de él y detenerse en cada frase. Sólo así puede el lector aceptar (pactar lo llamarían algunos teóricos), ese otro mundo, a veces punzantemente realista. Tal es el caso de los relatos “Lobos muertos”, “Cero a uno” o el irónico y a la vez patético “Vida mía”. Este último, es quizás el relato más apegado a los cánones tradicionales de la narración, no exento para nada de esa poesía que también puede tener la violencia, la carroña que otros dejan para que algunos sigan siendo derrotados por la vida.

La poesía de Courtoisie, en este libro, tiene un doble asidero, forma parte de las historias, pero también es sonido y trabajo en y con el lenguaje. Es evidente la relación del título de la obra con su contenido, el origen de la expresión y la elaboración poética de las formas, es decir, el uso de una prosa clara y rica. No todos logran una bella escultura de un pedazo de piedra, y el lenguaje (materia prima que usamos más que cualquier otra), también es un pedazo de piedra. Pocos son los escritores que se dedican a trabajarlo, a sopesarlo, a escucharlo formando parte de un todo. Por eso tal proliferación de “escribidores”, al decir de más de un crítico, y de muy pocos escritores.

Por otro lado, y con mención aparte, entre estos cuentos más apegados al género narrativo, está “Aventuras de la mujer barbuda”. Este pertenece a esa clase de relatos que rozan lo ominoso desde el punto de vista infantil y recuerdan inclementes narraciones como “El hombre de arena” de Ernst Theodore Hoffman o “Donde la claridad misma es noche oscura” de Ricardo Prieto, más cercano a nosotros, pero no menos universal. Se aborda en este relato la disolución de la familia, la pérdida de los valores y las referencias más cercanas que afectan tácitamente a los niños sin que estos puedan hacer nada, o casi nada, al respecto y sin poder vislumbrar el consolador hapy ending.
La sugerencia profunda, la feliz ambigüedad, la escasa referencialidad, delimitará para este libro un campo más restringido de lectores que el común habitual, pero esto no tiene por qué ser una falencia. La amplia invención y la palabra madura, tales las cualidades de este narrador que admite:

“La salud de un poema está hecha con el hilo del tiempo de modo invulnerable. La salud de algunas palabras juntas dura mucho más que el hombre que las reúne. La palabra es suprema y el hombre pequeño”
(“La canción de los cerdos”,
de Cadáveres Exquisitos, 1995)

Presentación del libro Imagina el desierto, de Gerardo Ferreira


Presentación del libro Imagina el desierto, en Biblioteca Nacional, setiembre de 2009.
link al libro

Si bien algunos me conocen, siento que debo justificar mi presencia aquí entre poetas.
Después de haber leído mi libro, algún que otro artículo y, creo que, fundamentalmente, después de haber compartido una charla y un café, Gerardo me invitó a compartir esta mesa, a imaginar su desierto poblado de palabras que ya verán ustedes no son sólo palabras, son creación. Yo me sentí valorado, como escritor y como profesional de las letras. Con sinceridad me siento hoy el más honrado de esta sala.

Conocí a Gerardo a través de sus letras, él había publicado un poema en la conocida revista Paréntesis y estaba muy enojado porque le habían cambiado la última letra de su apellido. En vez de Ferreira era Ferreiro, y eso lo hizo escribir un mail al editor de la revista y enojarse bastante porque ese no era él, según él. Es muy gracioso ver a este señor enojado…
Pero sí era él y cada vez lo es más. No es para nada casual que aquel poema se llamara “Sed (de ser)”, poema que ahora es el número III en este libro. Con escasas modificaciones que mejoran quizás el sonido y el ritmo, pero no cambian en nada la esencia de aquella “sed” primera.

Y yo estoy aquí además, no tanto por amistad, que la tengo con este autor, sino porque padezco felizmente de la misma “sed”. Y el agua que corre en el mismo sentido en algún punto ha de encontrarse.

Pero esa “Sed”, y estoy seguro de esto, no es un ansia de gloria (“gloria que es estrépito y ceniza”, dice Borges), sino las ganas de… ganas de construir con palabras: “Cuanto miren los ojos creado sea…”, dice a su vez Huidobro en su Arte poética. Pero además de esas ganas de crear, está la necesidad de decir, pero de decir la belleza de las palabras. Y, en este camino, la publicación de un libro es un pequeño oasis que dará agua a más de un lector sediento, ya que en el desierto estamos.

Pero lo que se impone hoy es el libro, no Gerardo, no su simpatía o antipatía si es que con alguien la tiene. Recuerdo las palabras del poeta salteño Jorge Pignataro aclarando qué debe ser presentar un libro. Él dice que es algo así como presentar una persona a otra, hay que hablar un poco del presentado, describirlo, enfrentarlo al otro, para que luego esos dos, que serán en este caso ustedes y el libro, se conozcan sin intermediarios.
Entonces, un total de 26 poemas se nos presentan en 4 secciones. Pero el tiempo es corto y sólo haré algunas menciones.

El poeta inicia sus versos con una aseveración: “Soy nuevo” y todos sabemos el peso que tal situación acarrea a un escritor joven, y creo que hay un plus de dificultades para los poetas. Y en el mismo poema realiza una especie de inventario, pero por la negativa, es decir, se define a través de lo que no es o no hace:

no me abotono el primero de la camisa
no me guardo en un cajón como algo que no usaré en invierno
no soy un llaverito


Versos significativos todos, y verso por demás simpático el último, pero de esa clase de simpatía cuya sinceridad termina imponiéndose con dureza. El poeta no es un mero adorno de la cultura. “La literatura es la expresión, el termómetro verdadero del estado de la civilización de un pueblo”, dice Larra en 1836. Y esta idea de Gerardo, junto con la de Larra me llevó a pensar en nuestras formas de lecturas, en la “Supersticiosa ética del lector” que Borges propone. Donde el lector ya no se fija en la eficacia o ineficacia de una página, sino en las habilidades aparentes del escritor, en los recursos que despliega, en sus “tecniquerías”, las llama él.

Y esto viene a cuento porque precisamente este es un libro sin tecniquerías. Un libro que apunta a un lector en el sentido ingenuo de la palabra no a esos críticos potenciales que somos todos los que creemos que hemos leído mucho y además estudiamos literatura (y encima esto de ser crítico potencial al uruguayo le cuadra muy bien).

Me detendré en algún verso. En el poema “algarrobo” (referente muy simbólico de este libro, yo diría que es su piedra angular), se añora una sencillez singular, sin aspavientos retóricos, sólo la esencia, tomaré un ejemplo de esto:

dentro de ti aún habita aquel fulgor
aquella cinta celeste:
la vincha que te sostenía el pelo de pequeño
las mismas vaguesas, el animal preferido
dentro de ti aún corren carreras otros niños
juegan a la mancha:
moverse era eso, chocar contra el cemento
quebrarse, llorar, y gasa de por medio volver a moverse


Bajo estos preceptos me parece clave destacar la sencillez del lenguaje. Ferreira no utiliza “palabras difíciles”, como dicen mis alumnos, ni siquiera lo intenta porque su cometido es otro. Su cometido es lo realmente difícil, despojarse y dejarse leer como leíamos quizás cuando nos comenzó a gustar eso que ahora podemos llamar literatura, y que antes eran libros que caían bajo nuestra mirada ansiosa de historias, de belleza, de música, cuando no nos costaba:

entrar en la desnudez del mar
desnudo
(dice Ferreira)

Conocer a tal o cual poeta, sobre todo si es contemporáneo y nuevo, puede ser producto del azar. Lo que sí no puede serlo es la valoración que hagamos de él.


Ferreira tiene madera de algarrobo, tiene la certeza de la “Sed”, una sed que está tallada a mano, a lápiz también se podría decir, y que tiene forma de cuenco, es decir, una sed que invita a beber.
Pero, en este camino que por el bien de nuestras letras no debe abandonar, tiene sobre todo otra certeza, la certeza del descenso de los astros, que le son auspiciosos:

hay grandes chances de que hoy sea un buen día
algo me dice que los astros bajarán esta misma noche
comerán uvas al pie de la parra, leerán bajo toda ella
sí, hay grandes chances
hay grandes chances de que hoy me toque verlos en faena


Y como entra firme y seguro en este camino, y con voz propia, sé que lo siguiente será también un éxito y así lo siento y se lo deseo de todo corazón…

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Ernst Theodor Wilhelm Hoffman (1776 - 1822) Los autómatas, una nueva naturaleza.

Nació en Königsberg, Prusia, el 24 de enero de 1776. Su padre era abogado, lo que influyó en su decisión de estudiar para seguir esta carrera en la Universidad de su ciudad natal, a pesar de que por problemas familiares creció bajo la tutela de un tío.
Empezó a trabajar en 1800 como oficial legalista en las provincias polacas, pero en 1806, con las guerras napoleónicas, los subsecuentes desórdenes políticos pusieron fin a su carrera. Decicidió entonces dedicarse a su principal interés, la música, ejerciendo como compositor y como crítico musical. Fue por esa época que cambió su tercer nombre, Wilhem, al de Amadeus, en honor del compositor Wolfgang Amadeus Mozart.
Hoffmann hubiera deseado continuar con su carrera musical, pero graves diferencias de opinión con el encargado del Teatro de Dresden, donde trabajaba en 1814, lo obligaron a regresar al ejercicio de las leyes.
Fue designado en 1816 a la corte de apelaciones de Berlín. Allí comenzó a escribir.
Entre sus influencias literarias se mencionan a menudo a Schiller, a Walter Scott y a Jonathan Swift. En pleno movimiento romántico, los escritos de Hoffman, por los cuales es más conocido que por sus trabajos musicales o pictóricos, se refieren con frecuencia a personajes siniestros que interactúan con frágiles mortales, de los cuales revelan con ironía sus lados trágicos o grotescos. Usaba para inspirarse la combinación de imágenes macabras con elementos de la psique humana. Es, como dirá Carmen Bravo-Villasante en el prólogo a sus cuentos, un hombre que ha conversado con su doble, después de penetrar en las profundidades de lo invisible […] es autor y espectador a la vez, de sus propias creaciones, en un intento irónico y siniestro ante lo ilusorio y lo real.” Es considerado, a su vez, el iniciador del género conocido en Alemania como “Kriminalroman”, género que perfeccionará Poe e incluso Sir Arthur Conan Doyle.
En 1815 publicó “Cuadros fantásticos a la manera de Callot” (relatos). Por esa época publica su novela "El Elixir del Diablo", y "La Vida y Opiniones de Kater Mur, con una Biografía Fragmentaria del Maestro de Capilla Johannes Kreisler". También escribió varias colecciones de cuentos, como "Piezas Nocturnas", 1817. La obra literaria de Hoffman influiría a su vez en la actividad artística de otros autores, como Beaudelaire y Hans Christian Andersen. Pero también inspiró a varios compositores. Offenbach compuso en 1880 la ópera Cuentos de Hoffmann, y Délibes creó el ballet Coppélia. Pero sin lugar a dudas la más famosa de las obras musicales basadas en las historias de Hoffmann es la que inspiró a Tchaikovski uno de los ballets más famosos del mundo. El cuento tiene el título de “Cascanueces y el Rey de los Ratones”.
Los problemas laborales de Hoffman, así como su alcoholismo, le harían sufrir muchas dificultades económicas, además de afectar su salud. Hoffmann falleció prematuramente en Berlín el 25 de junio de 1822, a causa de una parálisis progresiva.


Los autómatas, una nueva naturaleza.

Después de leer sus cuentos, estudiarlos, pensarlos, buscar biografías más o menos motivadoras y revisar, eso sí, poca bibliografía (me adscribo al pensamiento borgiano el cual expresa que siempre es mejor recurrir directamente a los textos y Hoffman "nada sabía de bibliografía hoffmaniana”), entiendo que sus textos son realmente diferentes. Esto no parte de la consideración de las temáticas, harto conocidas ya en esta época, sino del tratamiento que se hace de ellas y más específicamente por el ensamble de historias que nos puede llegar a fascinar o enloquecer, si, al fin y al cabo, no son similares dichas situaciones en el ser humano. No es un caso de longitud, ni mucho menos de tópicos, creo que puede ser mi escuela de lecturas. Es decir, soy devoto de Cortázar, Bradbury, Borges y recientemente descubrí a Kundera. Estos autores me guiaron de cierta forma, me “educaron”, así como Shakespeare también educó a su isabelino público.
Con seguridad esto podría llevar a decir que soy incapaz de admirar otra cosa y quizás sea cierto, aunque sólo en parte.
No he dejado de advertir el excelente trabajo, casi lúdico, que logra Hoffman insertando, por ejemplo, una historia dentro de otra historia, como en una muñeca rusa, sin aclarar ninguna pero con fundamento todas. Es notable también su gran adelanto intelectual con respecto a la posibilidad de un avance tal que nos sitúe, algún día, frente a representaciones humanas automatizadas y esto incluso puede ser visto, por el lector perspicaz, como un vaticinio de la lucha, futura, entre estos seres y los humanos, en la cual, evidentemente, seríamos artífices de nuestra destrucción, podría recordarse aquí historias de Wells o de Huxley. Es decir, el hombre crea un elemento más de la naturaleza y al oponérsele sale derrotado. Podría anotar incluso el hecho de que el autor adelante particularidades del magnetismo que aún no hemos imaginado siquiera.
Retomando lo anterior, sus historias tienen algo de infinitas y circulares. Cortázar compara un buen cuento con una instantánea que nos hace pensar que fuera de sus límites hay más, pero ese “más” es imaginable. En Hoffman, casi mediante el mismo artificio, se llega a pensar que después de esa “instantánea” resta “demasiado más", tanto diría que uno se queda con la sensación de una vastedad por contar que asusta, inhibe, en cierta forma. No me enorgullece decir que no conozco aún a Leopoldo Lugones, pero entiendo que trata también en forma magistral este gran tema que, a su vez será retomado por el ya casi olímpico Borges. El tratamiento de este recurso en él me parece similar al que realiza Hoffman, pero no igual. Borges concreta, en cierta media, las situaciones, cierra los círculos. Conste que entiendo que lo hace también en cierta medida.
Uno de los temas que aparentemente más le atormentaba a Hoffman es el conflicto que genera en el hombre un ser con sus características idénticas o casi idénticas. Seres cuya naturaleza se correspondería con una segunda naturaleza del hombre y se constituirían también en una perfección de este.
"¿Qué miras con esos ojos que no ven?", expresa Luis, uno de los personajes de “Los autómatas”. Y podemos preguntarnos: ¿Qué es lo que no ven? Quizás no ven lo que nosotros, los humanos, queremos que vean, quizás no ven lo que nosotros vemos y van, a su vez, más allá.
En ambos cuentos los ojos de los autómatas juegan un papel importante. Los ojos son la ventana del alma y estos seres a pesar de su aparente perfección, nunca tendrán alma o, para tranquilidad del hombre, no deberían tenerla. Podemos recordar la monstruosidad resultante del experimento del doctor Frankestein o el mismo Gólem creado a partir de la palabra divina hallada por el hombre.
"-A mí me resultan sumamente desagradables -dijo Luis -todas estas figuras que no tienen aspecto humano, aunque, sin embargo, imitan a los hombres, y tienen toda la apariencia de una muerte viviente, o de una vida mortecina.”
Este “adelanto” que significa el tratamiento de temas científicos, en Hoffman, quizás signifique más que un mero adelanto. Podríamos suponerlo un paso hacia la evidente lucha del hombre contra esta nueva naturaleza que intentan o podrán, algún día, ser los autómatas. Menos en el cuento homónimo que en "El hombre de arena" Hoffman plantea esta lucha, al principio tácita, implícita, hacia la evolución que supondrá, algún día, ser superados, en cierta forma, por seres puramente mecánicos.
Existe la posibilidad, a su vez, de que estos autómatas se vuelvan parte de la naturaleza e intervengan en la eterna lucha del hombre con esta. Podemos recordar ejemplos ilustres en, "La lluvia" de Bradbury, o en "A la deriva" de Horacio Quiroga, en los cuales la naturaleza sobrepasa las humildes fuerzas del ser humano.
En este sentido, a pesar de ser el hombre su creador, existe y existirá una cierta aversión hacia estos seres mecánicos, producto único del intelecto creador del ser humano, mas no de su corazón.
Por otro lado, el hecho de que existan, que hablen (o canten) y se parezcan a hombres o mujeres, implica también la posibilidad de un desplazamiento que el hombre sufre de múltiples formas. Este desplazamiento le atormenta y le lleva, una vez más, a un cuestionamiento de su existencia. En el caso concreto de Nataniel, protagonista del “Hombre de arena”, esta ruptura con el orden normal provoca una ruptura psicológica, tan aguda que deviene en la autoeliminación.
Se completa uno de los círculos; el enfrentamiento con esta nueva naturaleza perjudica más al ser humano. No desconozco la intervención de figuras humanas en esto, presentadas como detestables. El abogado Coppelius y luego su heterónimo (no sé si corresponde el uso del término) Coppola, el vendedor de barómetros, nos recuerdan con facilidad a la ambigua figura maléfica del Mr. Hyde, de Robert Louis Stevenson.
La muerte es el ápice de este desplazamiento; así como los personajes de “Casa tomada” prefieren abandonarla antes de enfrentarse a lo desconocido, o la pareja que prefiere bajarse ante la inminente amenaza del chofer en “Ómnibus”, ambos relatos de Julio Cortázar.

Influye también, por otro lado, la conciencia que se tiene del destino. Así Nataniel dirá: “¡Me ha sucedido algo espantoso! Torvos presentimientos de un destino amenazador y fatal se ciernen sobre mí como negros nubarrones, impidiendo que penetre un rayo de sol…”
A través de esta percepción pesimista del destino Nataniel se encamina directamente a su perdición, internándose en un universo maléfico, conectándose con este, encarnado en la figura del abogado Coppelius. En más de una ocasión se adjetiva a aquel de maléfico o maldito: “Cierto día en que Nataniel se quejaba de ver sin cesar al monstruoso Coppelius, y dijese que este horrible demonio iba a destruir su felicidad y su futuro, Clara repuso con tristeza:”; “-Otra vez estás conmigo; gracias a Dios, nos hemos librado de ese odioso Coppelius”; y termina: “Fue muy consolador para mi alma que sus relaciones con el diabólico Coppelius no hubieran sido causa de su eterna condenación.”
Esta relación con lo que podríamos llamar lo maléfico o perverso lo atormenta desde su infancia y así lo expresa en su carta a Lotario: “…toda su persona era espantosa y repugnante (Coppelius); pero sus largos dedos huesudos y velludos nos desagradaban (a Nataniel y su hermana) más que todo, hasta el punto de que no podíamos comer nada de lo que él tocaba.” A su vez, ese contacto con lo maldito no era solamente percibido por él sino que también por los demás. De su madre dirá: “Nuestra madre parecía temer tanto como nosotros al espantoso Coppelius, pues cuando aparecía, la alegría habitual de su inocente ser se convertía en tristeza profunda.”, “…veía en él algo de satánico e infernal, que debía atraer sobre nosotros alguna terrible desgracia.” Este acercamiento a lo maléfico puede recordarnos el fantástico cuento de Borges, en la amplitud del término fantástico, “There are more things”, de El Libro de Arena, cuyo título simbólico cobra una vigencia fundamental hacia el final de la narración y puede asociarse a este contacto misterioso y trágico que relaciona a Nataniel con Coppelius.
En la medida en que Nataniel se adentra en sus temores, en lo que será su maldición y perdición, se desdibujan para él los demás seres humanos. Cuanto más huraño, más sombrío y fatídico se vuelve, tanto más se aleja de la vida. Es decir no sólo hay un desplazamiento sino que se produce un auto-desplazamiento. Nataniel en este proceso se alejará de los suyos, del tierno amor de Clara, a tal punto que una vez la dirá: “-Eres un autómata inanimado y maldito”. Este pasaje es crucial ya que no sólo demuestra el alejamiento profundo entre Nataniel y el mundo sino que además se menciona por primera vez ese elemento trascendental en el desarrollo del relato, el autómata, el ser sin vida, sin alma, sin ojos, como lo será la propia Olimpia luego, descrita a través de la metonimia: “la mano de la joven estaba helada como la de un muerto”.
El miedo por la pérdida de los ojos se asocia a este alejamiento en el mismo Nataniel, pero de una forma más física; en el momento en que conoce a Olimpia queda ciego, no ve nada más. Ni las burlas de sus compañeros, ni los males que él mismo provoca en sus seres queridos, ni otras posibilidades en su vida, a tal punto que sólo desea casarse y ser parte de la “vida” de Olimpia.
Siguiendo esta línea podríamos argumentar que el final no es del todo abierto aunque, de todas formas, quedan interrogantes. El mismo Coppelius aparece en forma triunfal, confiado en el poder destructivo de la locura que, de una forma u otra, ha desatado en el protagonista y obrará en contra de este. Es una especie de seguridad maligna. Se reconoce así que el acercamiento al mal provoca consecuencias trágicas e irreversibles.

Por último, el aspecto lúdico aparece como una constante en la obra de Hoffman. De esta forma el autor casi interactúa con el lector. “No puede inventarse, ¡oh, amable lector!, nada más raro y maravilloso que lo que te he contado de mi pobre amigo, el joven estudiante Nataniel. Acaso, benévolo lector, has experimentado en tu pecho o has vivido o has imaginado algo que deseas expresar.”
El narrador compromete al lector, con ese otro mundo al cual muy pocos escritores de su época hacen referencia, el “real”, el externo a la propia obra. Artificio semejante ensaya Cortázar mucho después, ya con una evidencia protagónica. Pero el hecho radica en que Hoffman impone su ficción señalando con el índice al posible incrédulo lector y lo atrapa como lo haría, por ejemplo, la novela de “Continuidad de los parques”.
Ese contagio entre lo ficticio y lo “real” no es meramente literario, no es un mero artificio retórico, es parte del convencimiento explícito del propio autor que entiende que si tiene algo que decir tiene también, como otros pocos autores, “la sensación de que todo el mundo entero les pregunte: ‘¿Qué sucedió? ¡Continúa contándonos, querido!’”. Este es, entonces, un ejemplo de compromiso con la literatura que, al fin y al cabo, es su vida.
El narrador-autor se compromete, pero sin abandonar lo lúdico, aclara posibles inicios de su historia que le ha maravillado por lo fantástica; así propone que hubiese sido tradicional o incluso “in media res”, pero, aclara, la misma historia, el mismo personaje lo llevó a hacerla así. Hoffman nos anticipa su propio proceso de creación, su “arte poética” conforme, a su vez, la va poniendo en práctica.

En conclusión podría elogiar el adelanto con respecto a Poe, a Bradbury, y a James. Sus historias fantásticas encierran también un plumaje tornasolado como el del pavo real (Borges dixit), algo así como las múltiples historias de las Mil y una noches. También sus relatos realistas son magistrales y evidencian una erudición envidiable del arte en general y de la música en particular. Tal es el caso de "La ‘Fermata’", cuento particular si los hay.
Su narrativa impresiona, deja dudas y da cuenta de una genialidad extravagante, en ocasiones difícil de admirar en su real dimensión.